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Friday, May 28, 2010

Norteado (Northeless) en "Hola Mexico Film Festival" Washington DC


Norteado (Northless)....

Unexpected changes to what it seemed a promise.

Para tí,

Películas como esas son buenas.
Imágenes y lecturas sociales como estas
nos ayudan a mantener la perspectiva
de las cosas y la vida.

Estamos en una constante lucha social. No cederá.
Así, lo decía Marx, la historia del hombre es una
constante lucha de clases sociales.


Las luchas, más allá de la ideología que las guía, no son sólo con
armas de fuego, sino con armas de valor individual
y colectivo para reclamar lo que por naturaleza
se nos ha otorgado: el derecho a vivir una vida digna
y a tener la oportunidad para lograrlo con trabajo,
con salud, con educación, con idenpendencia,
con libertad y plena justicia social.

Como hombre de la frontera mexicana, vives rodeado
del reflejo rutinario de quienes como sombras transcurren
las ciudades en búsqueda de lograr el paso a lo que sería
un sueño de esperanza a realizarse a unos cuantos metros
más allá de la impotencia que los expulsa, y así ayudar a los suyos.

Para muchos en la frontera, o por todos los territorios de México,
la ignorancia de las causas de este peregrinaje forzoso
y la falta comprensión de las mismas,
convierten a esta rutina en eso mismo: en simplemente
una rutina que crea una capa de ceba e indiferencia social.

Si tan sólo por un minuto, tan sólo un minuto,
nos viéramos en la posibilidad de intercambiar perspectivas y montarnos
en los zapatos de quienes han cruzado cientos de kilómetros
decididos a encontrar una mejor oportunidad de vida, tan sólo ese
minuto nos armaría para la lucha colectiva para la transformación
social de nuestras tierras, para recuperar lo nuestro, para fortalecer
nuestras vidas.

Todos venimos de distintas raíces. Todos compartiremos el mismo
destino. Ahí coinciden nuestros anhelos, en la búsqueda de esa vida
mejor para nosotros, los nuestros y los que seguirán bebiendo
de las raíces que sembremos hoy.

con cariño.

Omar

Monday, March 23, 2009

A 15 años y otros más: el México que queremos y aún podemos.

A 15 años del fallecimiento de Luis Donaldo Colosio no dedico las líneas para expresar los sentimientos que, basados en los lazos familiares, me llevarían a hablar de la nostalgia de un momento que fue en un lugar que ya no existe.

Hoy expreso mi voz como mexicano que en pleno uso de sus derechos y libertades, insta a proponer y cumplir las ideas y acciones para el México de los justos reclamos, el México dolido por la creciente inseguridad social e instabilidad económica, el del hartazgo por la ineficiencia política de quienes ejercen el poder público y de la complicidad de grupos que se coluden en el qué hacer político para garantizar leyes y dictámenes que les protejan; el México de la sorprendente indiferencia social pero igual inmenso de impotencia por intentos fallidos para cambiarlo y del México ansioso de triunfos sinceros.

Hoy expreso mi voz ante lo mezquino e indiferente de nuestro sistema político que no ha podido internalizar el sentir de las ideas y propuestas de cientos de mexicanos que lucharon y de los que siguen luchando por convertir a tal sistema en uno eficiente y pragmático, que luchan para ofrecer al país un rumbo y dirección.

A 15 años y otros más: el México que queremos y aún podemos resume una posición y entendimiento de nuestro país basado en la discusión y en el análisis de la estructura política y social que engloba el qué hacer de los mexicanos.

No tomo crédito total de las ideas expuestas, tampoco expresan estas líneas un análisis en términos absolutos y no pretende generalizar situaciones. Son, en sí, un comienzo al llamado para la acción.

Nuestro México ha cambiado y sigue transformándose. Sería inútil argumentar que México está estancado en todos sus aspectos. Al pasar del tiempo, tenemos un México más participativo, más abierto. Hemos construido un gobierno más incluyente y un México más libre. Al pasar de los años celebramos en México mayores libertades y garantías individuales que permíten la crítica, el debate y en cierto grado la rendición de cuentas.

Tenemos un México con mayor participación. Existen cada vez más mexicanos que en sus trincheras están convencidos que la comunidad es la base de la transformación social y que más allá del bienestar individual, está de por medio la convivencia en armonía y el respeto al derecho ajeno para garantizarla.

Existen cientos de mexicanos que han tomado en sus acciones la bandera, sin ideales profanos, del compromiso individual con el todo. Dentro y fuera del país existen mexicanos convencidos que la suma de voluntades y el reconocimiento de nuestra diversidad provee la fuerza para construir nuestro presente y edificar un futuro más cierto. Los felicito por que la voluntad que los mueve es más persistente que el hartazgo que los sofoca.

Sin embargo, nuestro México no representa aún lo que queremos. Más allá de lo que hemos logrado, la realidad dista de lo que buscamos y sentimos que podemos.
Queremos un México fuerte, un México competitivo, justo y equitativo.
Queremos un México con paz social, un México que sin importar tus raíces te ofrezca las oportunidades para la realización personal y profesional.
Queremos un México honesto, un México que reconoce sus realidades y responde a la altura.
Queremos un México con promesas sólidas.
Queremos un México en el que nadie se quede al margen de la ley.

Si esto queremos, ¿por qué no lo tenemos?

Las ineficiencias del México que tenemos no sólo son políticas y económicas, también son sociales. Y para obtener el México que queremos no basta lograr la transición política y confiar en los términos de un modelo económico ya establecido: para lograr el México que queremos, requerimos también de una profunda transformación social.

Estas ineficiencias provocan la crítica y reflexión con respecto al qué hacer político y de los efectos negativos del modelo económico en el que trabajamos. El sistema que tenemos refleja también lo que como mexicanos somos; no sólo nuestra rica cultura artística y artesanal, la cultura del folklore, tradiciones y costumbres y tonos de colores; el sistema que tenemos refleja nuestra cultura social, la de la organización social, la de nuestro sentido de comunidad, pertenencia a un grupo, a una sociedad, a un país.

No vamos a poder avanzar a crear un México socialmente distinto si no estamos dispuestos a cumplir nuestras obligaciones cívicas y a comprometernos socialmente con el desarrollo y respeto de nuestros pueblos. Vivimos en un México con un alto grado de indiferencia y con profundas diferencias de clases. Este aspecto sigue creando una brecha enorme de quienes pueden y no influenciar el entorno que les rodea, de quienes pueden y no influenciar las políticas que les afectan.

Si queremos un México distinto al que tenemos, debemos acortar esa brecha. Es obligatorio. Mientras no lo hagamos, no habrá diálogo en este tema y México no logrará avanzar. No podremos tener un gobierno eficiente y un sistema social justo y equitativo sin tomar en cuenta que como sociedad también tenemos que exigirnos una transformación y actuar en la realidad.

Cientos de mexicanos lo han reconocido y están trabajando, de alguna manera, en este tema. Sin embargo, como un todo, no nos hemos atrevido a hablar de esta realidad y enfrentarla, no nos hemos atrevido hablar de esa parte cruda de la cultura mexicana, y desenmascararnos y dejarnos al desnudo; no somos nada si no somos uno y ese uno es la suma de las partes reconociendo que siendo tan diferentes formamos parte de una sola materia.

Por eso, si en México estamos hartos de una clase política mezquina y mediocre, si en México estamos hartos de la corrupción y complicidad de las cúpulas empresariales, que cierran filas, que evaden el fisco y que no invierten en capital humano; si en México estamos hartos del sistema político y económico que tenemos; si estamos hartos de la ineficiencia educativa y baja productividad; si en México estamos hartos de la impotencia por no ser escuchados por quienes deberían hacerlo; si en México no dejamos de ser indiferentes, entonces nos quedan dos opciones: o nos adaptamos o nos transformamos.

Si decidimos adaptarnos, entonces quizá la transformación será menos dolorosa, viviremos y seguiremos siendo parte de un sistema que se define solo, que refleja, como espejo, lo que no podemos.

Pero si decidimos transformarlo, no será la tarea de una persona, de un grupo, sino de una generación o varias generaciones convencidas que el México que tenemos no es el que queremos; podemos un México distinto y con persistencia podemos obtenerlo.

El triunfo que los mexicanos desean vendrá de estas generaciones, no provendrá de nadie más; el triunfo que anhelamos vendrá de las generaciones que vivan con la conciencia de que la transformación no será fácil ni se logrará en el corto plazo pero convencida de que es al hora, de que llegó el momento en el que el curso del país tenga como centro el reconocimiento de nuestras diferencias y la suma de las voluntades; el triunfo será de las generaciones cuya base sea el compromiso social con sus comunidades.

Las propuestas y caminos para lograr el triunfo esperado y el México que queremos podría contar con al menos tres características: (1) profunda consciencia social, (2) enfoque nacional y patriota y (3) extensa organización comunitaria.

A 15 años o más, aún tenemos la opción de morirnos en la hambruna de justicia, de paz y estabilidad social y económica, tenemos la opción de morir en la hambruna por la impunidad y carencia de sentido demócrata y nacionalista de quienes ejercen la voluntad política de nuestra sociedad; o tenemos la opción de transformar nuestra manera de vernos a nosotros mismos y avanzar también pensando en las generaciones venideras.

México necesita con urgencia una visión progresista, pragmática y con estrategias eficientes. Un plan de país basado en el consenso. Ya no podemos seguir siendo "presos de la clase política" que sólo dicta, en su conveniencia, lo que es mejor para el pueblo de México.

Las propuestas de país que buscamos no tratan con el rompimiento con el Estado, sino de extenderle la mano. Trabajar en conjunto. Sumando. Gobierno y sociedad. Las propuestas llaman a la transformación social.

¿Cómo lo logramos? ¿qué medios tenemos para cambiar al país? ¿cómo desarrollamos una propuesta realista basada en el debate y en el consenso? ¿una propuesta lógica y con sentido nacionalista?

Muchas mexicanas y mexicanos se han lanzado a la crítica abierta al sistema y de los propios mexicanos, se han lanzado a la crítica de quienes gobiernan y controlan el destino del país. Pese a ser un gran comienzo, no es suficiente. Necesitamos encontrar los mecanismos para que nuevas estrategias cambien la manera en que se hacen las cosas.

Es necesario discutir y crear el consenso para que de ahí emanen las estrategias. No podemos diseñar caminos sin tener rumbo. Qué dirección vamos a poner al país es la primera cuestión, de ahí surgirán las acciones.

Por ello, las acciones y mecanismos que se creen de la discusión y del consenso tienen que ir enfocados, en parte, a transformar la manera en que la participación ciudadana influye en el proceso de creación de políticas públicas.

Mientras tanto, es frustrante ver que lo que se discute en la mesa de nuestras casas, en el lugar de trabajo, con colegas, con compañeros, etc., no se pueda ver reflejado en el qué hacer de quienes conducen el país.

El mecanismo actual provoca impotencia. ¿Qué medios existen, además de la protesta y movilización social, para hacer que nuestra voz se escuche, y mejor aún, se transfiera en propuestas de políticas? En realidad muy pocos.

El sistema actual es uno en el que quien busca ejercer el poder político a través de la representación popular se acerca a las bases, consigue los votos y procede a crear políticas. Pero este sistema excluye por mucho a la organización comunitaria, su intención para el diálogo y sus propuestas de qué hacer político.

La transformación del México que queremos y del proceso de hacer políticas debe incluir la inclusión de la organización comunitaria en el proceso continuo de sus formulaciones, para su monitoreo y evaluación. Quién mejor que las mismas comunidades para proponer cuáles son sus prioridades, sus fortalezas, sus debilidades. Quién mejor que las comunidades para ejercer las mismas políticas que les influyen.

Algunos preguntan ¿quién debe de tomar el liderazgo para este debate? ¿la clase empresarial? ¿ la sociedad civil? ¿los partidos politicos? Existen en México cientos de académicos, profesionistas, empresarios y trabajadores de todos los sectores con una idea clara de lo que México necesita. Existen cada vez más centros de estudios y periodistas que podrían comenzar la organización de este debate nacional. Se debe proponer un debate honesto pero que no provenga necesariamente de la iniciativa gubernamental ni de la clase empresarial que tradicionalmente lo representa. México es mucho más que eso. Deberá ser un debate que provenga de las bases, de los mismos mexicanos que estan en la trinchera del ya merito, del esfuerzo cotidiano de hoy sí y mañana también.

Este debate por el México que queremos tienen muchas aristas por dónde comenzar. Los talentos están dentro y fuera de México, son reales, existen. La organización comunitaria, expresada en centros comunitarios, en gremios, en partidos, en grupos empresariales, etc., es la que propondrá en debates sus prioridades, es la que participará en la implementación de programas, en las auditorias, en la rendición de cuentas, en la retroalimentación. La organización comunitaria propondrá, la clase política escuchará, ambos trabajarán.

México requiere también de una política social integral, no sólo enfocada al desarrollo de los que menos tienen, los desfavorecidos del sistema y es relevante porque permite que no caigan más allá en el despojo de oportunidades. Pero México necesita también de una política social de la cultura de México, del fortalecimiento de nuestras diversidades, una política que promueva la integración social y la promoción del conocimiento de nuestra cultura entre nosotros mismos.

En México necesitamos educarnos de lo que somos y no somos. Bien podrían crearse o expandirse cuerpos de paz nacionales, que como organización promuevan el intercambio cultural de los mismos mexicanos y creen sensibilidad social y cívica a través del conocimiento de las comunidades tan diversas para entender las realidades de nuestros pueblos. Esto tendría dos objetivos: promoción de programas alternativos de desarrollo con recursos propios de la comunidad, lograr el sentido de pertenencia/propiedad de los programas y segundo impulsar la organización comunitaria/establecimiento de centros comunitarios para el diálogo, etc.

En México necesitamos del sector empresarial, del pequeño y mediano empresario, el que genera empleo, el que está en la trinchera del esfuerzo, proponiendo, buscando maneras para asegurar el éxito. Necesitamos de este sector, fortalecido, en cámaras o gremios a través de los cuáles puedan desarrollar políticas y medios de acción.

Neceistamos un sector empresarial ético, comprometido con la gobernabilidad y en contra de la corrupción. Un sector empresarial que tenga capacidad de propuestas y generen comités de vigilancia para asegurar que las políticas funcionen para el fortalecimiento del sector, para elevar la productividad y la competitividad regional y global.

En México necesitamos concordancia de políticas. Por ejemplo, que la educación sea liberada del rezago en el que su mismo liderazgo sindical la tiene sometida. Una educación progresista que vaya de la mano con la política económica para desarrollar el capital humano necesario para competir regional y globalmente.

En México necesitamos un sistema de justicia eficiente. Que nadie se quede en el márgen de la ley. En México necesitamos de la rendición de cuentas, de gobernabilidad, de fortaleza en las capacidades y de un sistema que incluya la característica de que quienes sean elegidos sean realmente responsables ante la población que representan y no a los intereses de las banderas que representan.

A 15 años y más, el México que tenemos sigue siendo el mismo México de los justos reclamos, del olvido de las comunidades, de la impunidad, de la impotencia, de la arrogancia e ineficiencia de las oficinas de gobierno; nuestro México sigue siendo el del oportunismo y corrupción, el de la indiferencia.

El México que tenemos, es por mucho, el México que no queremos.

El Estado que tenemos - al menos el que queremos - se rige por las reglas de la democracia, la suma de voluntades, el diálogo. El llamado que México nos exige hoy es para la creación de un Estado funcional, pragmático y eficiente.

Es la hora de debatir.
Es la hora de crear la visión de país que queremos.
Es la hora de crear consensos.
Es la hora de la inclusión social.
Es la hora de integrar una propuesta sólida que reconozca la situación real del país y proponga las tesis y los lineamientos de qué nos llevará a lograr lo que queremos y podemos.

Queremos un modelo, repito, funcional, el modelo de un México autónomo, libre y soberano. Un sistema mexicano que sume las voluntades y cuyo sistema político y económico responda con sentido común a las necesidades de los pueblos y regiones del país.

Una propuesta basada en el diálogo y debates representativos; una propuesta que dicte hacia dónde queremos llevar a nuestro país en los temas sociales, de educación, salud, de competitividad, en economía, en política exterior, en estabilidad social y política.

Es la hora de generar una propuesta real que represente las voluntades, que reconozca las diversidades, una propuesta real y sencilla con sentido común. Una propuesta que ofrezca rumbo y dirección.

Si es cierto que queremos un México demócrata, tendremos que actuar a la altura de sus exigencias y de la responsabilidad que el mismo sistema nos convoca. No podemos dejar que funcione solo y que sea dirigido, como hasta ahora, por unos pocos. Esto es causa, entre otras, de nuestros males.

De manera contraria, podríamos regresar a esquemas o sistemas que ya fueron probados y mostraron no haber sido la opción. Pero, si así lo quisieran los mexicanos, que así sea y entonces nos adaptaremos. Cada país elige su propio camino y como tal debiéremos aceptarlo.

Pero si este no es el caso, entonces no esperemos a que suceda de otro modo. Esta en nuestras manos. Tenemos que hacerlo y esta es la hora.

Omar Del Valle Colosio

Monday, July 04, 2005

La “Intitulada”

Por Omar Del Valle.

Hace un par de semanas asistí a una obra de teatro cuyo nombre titula esta editorial. Cuarenta y cinco minutos combinaban una sensación de oscuridad, de angustia, de desesperación. ¡Es violencia pura! pensé. Maldita sea, hija de p….Bueno, en realidad las señoritas de la vida alegre no tienen la culpa del insulto, más hiere e indigna la misma violencia.

Me molesta. La inseguridad nos aterra. Muchos pasan días, meses y años enteros y no se enteran de en dónde está, cómo es, quién la genera, ni mucho menos se percatan de sus efectos directos o secundarios. Destruye lentamente las sociedades que claman ser libres, maltrata los delgados hilos de paz social con la cual se sostiene un ambiente digno para vivir y ser.

Hoy está aquí, pasó enfrente de nosotros, nos comió la voz y nos cegó la fuerza. Repetidamente la puesta en escena mostraba los agudos gritos de las víctimas: ¿Dónde están? ¿Dónde están? ¿Ya se fueron? ¿Ya se fueron? Ijoe-pu…ijoe- pu…Retumban las paredes, un niño exclama aterradamente: ¡Mi juguete! ¡Mi juguete!...

La violencia y la inseguridad están en todas partes. Pienso que en México, en todo su haber y esplendor, lamentablemente existen dos situaciones. La primera es “la costumbre”. Uno piensa que se puede acostumbrar a ella, digo, la violencia se comenta por doquier, en los diarios, en la radio y en la televisión. Poco nos asombra cómo la violencia nos aplasta, cómo el hombre se autodestruye. ¿Quién no ha cenado viendo el noticiero que transmite la guerra? Hasta se venden revistas de mal gusto que sólo muestran violencia, sangre, destrucción…morbo. Alguien me comenta que es la misma naturaleza humana: la destrucción. No supe si morir de la rabia o de la desilusión pues quizá tiene razón. Al escuchar hablar de la violencia e inseguridad, de sus estragos, de su culpa, de su asquerosa manera de existir, de su profunda estupidez, me percato que su frialdad quebranta las buenas intenciones, las esperanzas… ¡Pero qué va! Es parte de la rutina, nada de qué preocuparse, el pan de cada día, ¿cómo ve?

Mientras se sufre, se llora, y se desmorona la moral, se crea “la nada”: la segunda situación y quizá la más alarmante. Una “nada” amarga, sombra de las sobras, un silencio completo. ¿De quién es la mudez que “la nada” causa? ¿De quiénes han conocido la violencia o de quiénes suponen estar en cargo para evitarla? Una “nada” transparente, una “nada” que parece no existir, pero sabemos lo contrario. Es “la nada” de las acciones que debiesen trabajar por encontrar soluciones. Es una “nada” tormentosa. Imagínela. Camina lenta, entre todos, nos observa detenidamente, nos agradece nuestra ceguera. Imagínela, cruza una calle, sube un camión, estruja, roba, mata y caminando se aleja muy suavemente, como flotando por nubes de algodón teñido de colores pasteles como un atardecer, un atardecer que ha sido para muchos el fin.

Mujeres, niños, ancianos, hombres, animales, etc. Toda la naturaleza se torna agresiva; es la ley de la naturaleza: el más fuerte sobrevive. En México fiscales van, fiscales vienen, promesas van y no vienen, pero la violencia sigue y se arraiga a su juego sucio. El país se nos va de las manos. Cuidado, ¡Maldita sea!

En los tres cuartos de hora de la obra observé aquella “nada”. Transitaba entre los actores. Golpeaba y burlaba, llegaba y partía. Volvía a aparecer. Inmunda. Quería no ser vista, llevaba una cara blanca, pálida como su nombre. Curioso era ver que “la nada” estaba coronada. ¿Quién corona a “la nada”?, me pregunté. Era una corona de estilo árabe, colgaban de ella telas coloridas. Telas con figuras de rayas, cuadros, y de rombos. Colores rojos, azules, distintos tonos, muchos. Los colores no representaban ni sangre ni mucho menos esperanza. ¡Sorpresa! Tampoco eran telas coloridas solamente, eran corbatas “finas”. Entendí entonces quién coronaba a “la nada”.

En México coronan a “la nada” los que la niegan tres veces antes que cante el gallo. Bola de traidores. Coronan a “la nada” los que despachan del centro cuando los problemas están en la periferia. La coronan los que buscan maquillarse como ella pues ya hasta parece que “la nada” tomó valor, es muy querida, buscada y valorada. Coronan a “la nada” la falta de sentido de la vida ajena de quienes deciden por nosotros. Ninguna novedad.

La “Intitulada” me dejó pensando, y entre tanta bruma, hace unos días me encontré con Bukowsky. Olía mal como es su estilo. Pero eso no me limitó para platicar con Charlie. Su tragedia no era más que andar por la calle. Quizá para la calle, la tragedia era tenerlo a él. De cualquier modo, dijo algo cierto: si no tienes la chispa, colapsarás. ¿Qué chispa nos falta en México?, ojalá que no sea la chispa que vi en una caricatura de Quino cuya frase dice: “he decidido enfrentar la realidad, así que apenas se ponga linda me avisan…” Quizá ésta sea la chispa de los coronadores mexicanos.

México. Feminicidio sin solución.
México. Balacera en un Kinder en Morelia.
México. Más de 300 muertos en Sinaloa en el primer semestre del año.
México. Policía Militar en Nuevo Laredo.
México. Genocidio de hace tres décadas sin resolver.
México. Guerra de guerras. Acomodos del narco.
México. Elecciones, que el próximo se haga cargo.
México. ¿Y nosotros? ¿Seguimos sin título?

Esto no es un premio de Record Guiness. ¿Hasta cuándo? ¡Carajo!

La “Intitulada”, póngale el nombre que quiera…

Wednesday, June 01, 2005

Cazando a la Democracia

Por Omar Del Valle.

Hablamos de democracia y pensamos tener la única verdad. Pero, como sugieren articulistas, editorialistas, cartonistas, etc., ¿Cuáles son los caminos a la democracia?, ¿Cómo se llega a ella?, ¿En qué etapa se encuentra México?, ¿Perdimos la oportunidad? Sin duda, no sólo para países como el nuestro, es una vía difícil, un conjunto de procesos sociales cuya complejidad aumenta cuando aún no aprendemos sus intenciones básicas en la organización de la sociedad. Por ello, en un paso anterior a tales cuestionamientos sucede la reflexión sobre qué es democracia.

Cientos de científicos sociales se dan la tarea diaria para postrar sus definiciones. No son substitutas, se complementan. Por lo abstracto de las relaciones sociales, en la evolución del hombre hacia su libertad –cualquiera que sea ésta su idea, la democracia por sí sola no define ni los caminos, ni los marcos teóricos y prácticos de cómo lograrlo. Lo cierto es que para los ojos y acciones de otros, en cada región y país del planeta, el sentimiento y la práctica de la democracia son muy distintos.

Pienso, como muchos más, en los determinantes de la democracia. La cultura, la historia, las diferencias económicas y sociales, los grupos de interés, las elites, las influencias externas, etc. Los factores de peso de cada determinante varían entre países y hacia dentro de cada país. En el norte, centro y sur de México, la idea de la democracia puede ser distinta.

Además, en estos últimos meses, y quizá debería decir desde el año 2000, la noción general de democracia se ha malogrado cómo lo fue, en su tiempo, la imagen de solidaridad. Por ello, nada me extraña que en las últimas cifras del Latinobarómetro, la mayoría de los latinos prefieran un gobierno distinto al “democrático”; y es que la creciente inequidad económica, la constante exclusión social, el escaso crecimiento económico y la debilidad en la aplicación del Estado de Derecho, han incitado un fastidio común hacia gobiernos que claman ser “democráticos”.

El uso y después mal uso de estos conceptos y prácticas se identifican como marca y no como producto. Es decir, que como en los mercados, en ocasiones la marca sustituye al producto y aquí es donde la noción de las cualidades de la primera se disipa. Si bien, algunas marcas son buenas, otras no lo son tanto, y el producto sufre de transformaciones de percepción pública. Lo que nos interesa es el producto, su calidad, su proceso de elaboración y certificación. Es así, que en democracia nos interesa la forma en qué ésta se construye, cuáles son sus medios y sus instrumentos. Nos preocupan los resultados, de no ser así, el teje y maneje del peje hubiese sido insignificante. Nos preocupa que la calidad del producto no sea buena. Lo significativo entonces es cómo formamos parte de una democracia procedimental donde los procesos son más fáciles de evaluar que los resultados mismos.

Aquí, en territorio azteca, cuando los instintos cívicos nos mueven a hacer más que a demostrar que somos buenos mexicanos, a demostrar nuestra capacidad de diálogo, a dar buenos esfuerzos y entrega diaria, nos llevan a formar parte de los procesos. Se hace frente a una voluntad que la democracia la hacemos todos y no sólo quienes dirigen instituciones y oficinas gubernamentales. Por ello, no podemos subestimar la capacidad de la acción cívica. Por ejemplo, la democracia en las familias, donde cada miembro puede expresarse libremente y la familia logra consensos, el impacto puede ser mucho mayor que las cuasi-intenciones de quienes dicen ser representantes del pueblo.

Los instintos cívicos nos hacen escribir, comunicar, reunirnos y dialogar, sumar esfuerzos, participar en sociedad; pero no sucede siempre. Esto último me lleva a la reflexión de que la democracia en México continúa como un bien público escaso. Pensemos en aquellos que conformaron las primeras sociedades humanas, cuando el concepto de organización comunitaria era muy simple. Ellos se reunían para cazar, digamos, un búfalo, y disfrutaban de una buena cena. La caza era organizada, paciente y en conjunto. Hoy día, la caza en México, bajo esta analogía, es cazar a la democracia. Pero hay una diferencia con respecto al búfalo.

El búfalo. Quienes participaban en la caza disfrutaban del banquete. Cuidadosamente y con detalle preparaban un plan y se lanzaban al ataque. Cada quien tenía su función. Cuando culminaban exitosamente, todo era un festín alrededor de las llamas tenues, entre cantos, danza. Todos reunidos en sociedad eran bendecidos por los dioses y en respuesta, ellos ofrecían y daban las gracias por la buena caza. Del mismo modo, quienes no participaban, como el holgazán, le tocaba pinole, si bien le iba.

La democracia. Nuestro añorado bien, por lo contrario, es un bien público. Todos la quieren y la desean disfrutar pero pocos participan en su caza. Como bien público la democracia no es exclusiva para un grupo social, y el hecho que uno la disfrute, no representa que alguien más no lo pueda hacer al mismo tiempo. Si usted, bendito y buen vecino, participa en su caza, no le extrañe que el de a lado le pida un cachito, aún cuando éste no haga nada más que echarle porras desde la banca, muy emocionado como si estuviera en el estadio Azteca, con su sombrero de pique, gritando chiqui ti bum a la bim bom bam.

Al igual que muchos bienes públicos, cuándo el gobierno es el centro y dueño de su provisión, el resultado no es necesariamente un equilibrio socialmente eficiente y por tanto provoca (entre otras cosas) que los agentes privados provean menos cantidad del bien en cuestión. Así, renunciar a nuestra tarea de provisión democrática y dejar que sólo sea tarea del gobierno proveerla, tampoco es lo óptimo.

La sociedad misma puede proveer el bien público y lograr un equilibrio eficiente a través de un enfoque “bottom-up”, es decir desde las bases, desde abajo, desde los niveles más locales. Para O’Donnell y Schmitter, la democracia es la aplicación de las reglas y procedimientos de la ciudadanía. Entonces, en el diseño de las buenas reglas y procedimientos podemos participar y formar parte de la consolidación democrática y del fortalecimiento de gobernabilidad, para que en “bola” cacemos a la democracia y nuestros hijos tengan su festín.

En los conceptos de la izquierda latinoamericana, la estructura política de la democracia –sobre todo en países de elevada centralización como México-, ésta se caracteriza de dos modos. La democracia participativa a niveles locales y la democracia representativa en la federación. Ambas se sostienen sobre tres pilares: los movimientos sociales, los partidos políticos y el gobierno.

México es muy diverso. La representación de cada uno de sus grupos es necesaria para la planeación nacional, el desarrollo de proyectos e iniciativas de ley que culminen en la efectividad gubernamental. Del mismo modo, la democracia participativa a niveles locales es más apremiante puesto que implica la relación y rendición de cuentas de los gobiernos hacia sus representantes directos.

A niveles locales podemos avanzar con la organización comunitaria, empujando la apertura de espacios, reclamando nuestros derechos cívicos y ejerciendo nuestras obligaciones de hacer que los “representantes” rindan cuentas, de tal modo que la misma democracia participativa nos permita hacer el diseño de las reglas de la democracia procedimental para asegurar productos de calidad, independientemente de la marca que lo produzca.

Si no hacemos la caza en conjunto, si no se fortalece la gobernabilidad local con la participación cívica, si no hacemos de los movimientos sociales un tercer pilar de donde se sostenga el progreso socioeconómico y político del país, si nos quedamos en las gradas del estadio cantando alegremente, si no nos involucramos en el diseño de las reglas, de los procedimientos, en los balances de poder, etc., seguro seguiremos tomando pinole, celebrando clientelismos, amando la parálisis política, gustando de inseguridad, seguiremos viendo cómo deshacen al país unos pocos, seguiremos distraídos de nuestra caza…

¿Seguiremos?

Comentarios al autor: ofd@georgetown.edu


Wednesday, December 01, 2004

Cambio Mexicano II

Por Omar Del Valle.

Liberalización Política

Hoy me levanté de buen humor, pensé en México. Durante la mañana recordé lo que ocurre en nuestro país y de las acciones tan discutidas dentro del “Honorable” Congreso de la Unión, en lo profundo las frases célebres de nuestros queridos y respetados líderes, y en lo otro tanto sobre la sucesión presidencial. “¡Ay Diosito Santo!” dije en voz baja y continué la jornada.

Más tarde leí que Brasil y Argentina tratan con China para aumentar sus relaciones bilaterales y recordé que México cobra 500% de impuestos por la importación de un sencillo suéter fabricado en aquél país de oriente (repito, UNO), ya sólo sonreí. Ya como a media tarde me dije: a ver, por dónde se podría comenzar a enmendar (hipotéticamente) tal circo. No quería perder mi buen humor.

La lucha presidencial del 2006, para el país no es de vital importancia, es de importancia absoluta, por eso todo funciona en torno a ella. Mientras tanto, la política económica y social, las estrategias de inversión y protección al medio ambiente, la promoción cultural, la educación y salud pública, la vivienda, regulaciones y los mercados financieros accesibles, entre otros temas, fulguran por su ausencia en la legislación.

Según las cifras de la CEPAL 2000, el 40% de los más pobres en México tienen solo el 15.7% del ingreso nacional, mientras que el 10% más rico tiene más del 30% del ingreso; según esta dinámica el problema no es la generación de riqueza sino su distribución. ¿Qué hacemos? No mucho. Ahora revelo por qué.

Primero, con el actual escenario, dudo se conciban mecanismos que mejoren el entorno económico y político, al menos en el corto plazo. El discurso del gobierno del “Cambio”, en vez de ser dinámico y de acuerdos, se caracteriza por ser excluyente e imperioso: “En nuestro gobierno, comparado con los anteriores…” no salta de ahí.

Segundo, apoyándome en las teorías de la liberalización política de Adam Przeworski, concluyo que este gobierno no se puede comparar con los anteriores, es pan con lo mismo. ¿Cómo es esto? En México, la liberalización democrática no culminó con la “extirpación” del antiguo régimen autoritario y su reemplazo por nuevos dirigentes y por un nuevo orden democrático (Mayer-Serra y Nacif Hernández, 2002). El actual gobierno tuvo la oportunidad, la desperdició, ahora viene el añejo régimen “reloaded” y lo está acabando (¿acaso se repite la historia de Madero?). La “extirpación” para Przeworski, es el proceso mediante el cual los dirigentes del régimen autoritario entregan el poder antes de iniciar la constitución de un nuevo orden democrático, y éste último, si es que existe, no encuentra su lugar; por esto, el resultado es: “Ni un peso atrás”. Ya ni llorar es bueno.

Finalmente, George H. Sabine describe que el liberalismo en la teoría política moderna tiene dos sentidos: uno más restringido y el otro más general. El primero, significa una posición política intermedia entre el conservatismo y el socialismo, favorable a la reforma pero opuesta al radicalismo (puede ser Brasil y en general la neo-izquierda); el segundo, por ser más amplio, conserva las instituciones populares de gobierno en una idea de democracia inclusiva. Para México en los noventas, la liberalización democrática comenzó en un sentido intermedio, preservando las organizaciones populares y aceptando nuevas corrientes sociales y promoviendo reformas; ahora, está a poco de disiparse. Se sacuden las instituciones de antaño y las nuevas colocan ladrillos sin cimientos. Conjuntamente, no hay reformas. Se me acabó el buen humor.

Al anochecer leí a Hobbes, para quién lo que controla la vida humana no es un fin, sino una causa, el mecanismo psicológico del animal humano. México, rebeldes sin causa, ¡qué buen circo!. Bajé los ojos a media asta y me agarré la cabeza, porque es muy duro pasar, el Niagara en bicicleta.

El autor es Licenciado en Economía por el Tec de Monterrey y cursa la Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Georgetown. Comentarios: ofd@georgetown.edu

Tuesday, November 30, 2004

Mexicanos Felices

Por Omar Del Valle.

Hoy les pregunto, ¿Quién de nosotros no se ha perdido en lo inerte del mundo y su codicia material? Quizá en ambas condiciones no muchos, pero quizá en la segunda, la mayoría. Existen países que se caracterizan por su liderazgo en el trabajo y en la acomulación de riquezas, otros por su vida alegre e indiferencia a la vida.


En un artículo leí que ni Bill Gates (hombre entre los más ricos del mundo) ni Bill Clinton (hombre entre los más poderosos) eran los más felices sino el Mexicano promedio. Una encuesta proveía que el ingreso promedio de los mexicanos era suficiente para divertirse en la vida. Sin embargo, no podemos pensar en el ingreso promedio de los mexicanos como medida de bienestar cuando más del 60% del ingreso nacional lo tiene el 20% de la población, mientras que el 80% restante de la población solo tiene el 40% del ingreso o menos. La inequidad es enorme aún cuando el ingreso medio sea casi de 7000 USD al año.


Con todo esto, puede ser que los Mexicanos seamos alegres y no precisamente por que el ingreso sea suficiente o no para serlo. Sino que la misma indiferencia a la muerte (según dicen otros que por eso la celebramos) es la que nos caracteriza ser indiferentes a la vida y sus desgracias.


Quizá sea esto último lo que no nos hace ser líderes en productividad ni en acumulación de riqueza, quizá no lo explique todo. Más queda el entendimiento que, ciertamente es cierto (diría Fox) que no es ningún efecto de sospechosismo (diría Creel) negar falso de toda falsedad (como se dice en la cámara de diputados) que México y su historia, son uno sólo y por tal motivo, no puede ser causa de ignorancia sino carencia de conocimiento del tema (una frase más del H. Congreso), suponer que es nuestra cultura no ser líderes y altamente competitivos.


Sunday, November 28, 2004

Cambio Mexicano I

Por Omar Del Valle.

Compromiso Social

Sin duda, México ha cambiado en los últimos 10 años. En repetidas ocasiones he tenido la oportunidad de discutir sobre el desarrollo social y sus implicaciones para el avance de México. Se discute principalmente si el desarrollo económico per se provoca un impacto en el desarrollo social, finalmente llego a la conclusión que las teorías de desarrollo de la política económica y social no son ajenas sino compartidas. Ambas asumen una corresponsabilidad en el actuar de la gestión público privada y de la sociedad civil como otra entidad, como alternativa política para la provocación de mejores cambios sociales y económicos.


Es la corresponsabilidad social la que me convoca hoy a tomar el tema de participación cívica y compromisos. Mucho se ha dicho que si no hay participación comunitaria, si no hay participación de quienes hacen posible su grandeza, no hay esquema de desarrollo que sea válido. Actualmente, en México predomina un desarrollo de participación comunitaria que se gestiona externamente, en el cual se identifican las necesidades de las comunidades y se le asigna un plan con los recursos “adecuados” para hacer frente a la problemática; lo que se propone, es establecer un desarrollo de autogestión dando propiedad a las comunidades a través de la participación en la planeación de sus propias soluciones para hacer frente a sus demandas y conjuntamente diseñar las directrices que harán un desarrollo participativo de todos los actores sociales.

En este contexto de corresponsabilidad, juegan entonces un papel importante la participación cívica, la voluntad de actuar y tomar parte en la construcción de un destino para un país dolido y fragmentado, pero también para un país noble, lleno de causas y riquezas humanas. Por eso resalto la necesidad de la participación cívica con un profundo compromiso social, para sumar voluntades, para multiplicar esfuerzos y no para restar y dividir; para crear alternativas de desarrollo pues de otro modo se estará orillando a mexicanos muy necesitados.


Lamentablemente, el principal obstáculo que enfrenta México es la Indeferencia. Es sin duda una barrera del desarrollo social y humano de nuestro país. Esto es causa de que en muchas ocasiones, cuando los problemas sociales no nos afectan directamente, la apatía y el desinterés surjan como remedio para no participar. Si se desea concretar un nuevo modelo de desarrollo económico y social, se requiere hoy un cambio de actitudes y de sensibilidad ante la situación lacerante de nuestro país; se requiere encontrar los espacios para participar y de no encontrarlos, crearlos.


Cuando se participa cívicamente, cuando se prestan horas de servicio social, cuando se trabaja con las comunidades, los esfuerzos pocas ocasiones son reconocidos e inclusive, a quienes participan intensamente en estas actividades se les cataloga como personas consagradas socialmente. Bien, trabajar para el desarrollo social en México y en cualquier parte no implica necesariamente consagrarse socialmente, implica entender que el país necesita de la participación activa de cada uno de los mexicanos, una participación honesta y con un alto compromiso social.


Es muy sencillo quejarse, reclamar y criticar, es muy difícil formar parte del actuar. Nuevamente, está escasa la voluntad cívica. Parafraseando a grandes pensadores mexicanos “No debemos olvidar que lo que hagamos hoy será determinante para las generaciones futuras, para que ellas, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, fortalezcan su confianza en México, en sus instituciones y en su vida política”.


Y así querido lector, lectora, le propongo pensar: ¿Y a mí, qué me toca? ¿Cuál es mi papel en este desarrollo de país? ¿Qué puedo aportar? Existe, insisto, una corresponsabilidad de cada mexicano en el desarrollo nacional; esto no implica sustituir tareas que les corresponden a otros actores sociales, significa asumir compromisos individuales y colectivos. Culmino con una frase de Octavio Paz. “...Enderezar al País no es tarea de un solo hombre o un grupo sino de una generación (…) El bien, quisimos el bien, enderezar al mundo, no nos faltó entereza, nos falto humildad...”


El autor es Licenciado en Economía por el Tec de Monterrey y cursa la Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Georgetown. Comentarios:

ofd@georgetown.edu