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Tuesday, July 19, 2005

Entre el 4 de Julio y el 16 de Septiembre…

Por Diana Páez Guajardo.

Mexicanos en los Estados Unidos. La persecución de un sueño, la sustitución de otro, una jugarreta del destino, una oportunidad, un compromiso, un engaño, una desilusión. Un motivo así nos trajo aquí, un motivo así nos hace quedar. La lejanía de los orígenes parece atizar el fuego de nuestra mexicanidad. Parece intensificarla y nos permite reconocernos mutuamente en cualquier calle, en cualquier sitio.

La persecución de un sueño: Aeropuerto de Charlotte, Carolina del Norte, en la fila para abordar el avión hacia la Ciudad de México noto que los pasajeros delante de mí – sombrero y botas bien puestos – revolotean mirándose unos a otros cuando la encargada les pide una “aidi”. No reaccionan y entonces ella también revolotea preguntando si hay alguien ahí que pueda traducir. Me acerco y traduzco para todos. Ninguno de ellos tiene pasaporte, los más sofisticados exhiben orgullosos su credencial de elector, el resto un acta de nacimiento apenas legible malgastada por el tiempo y la cartera. Después de registrarse y registrarme converso con un par de ellos durante un rato. El más parlanchín me cuenta orgulloso que ha pasado la frontera “cuatro veces ya, eh? y por el meritito desierto” tardándose lo menos 8 días, lo más 12. “A la buena de Dios, de purito milagro”. Viene de Hidalgo y hace seis años que se convirtió en mexicano errante. Entra cruzando el desierto, de puntillas, en silencio; sale tomando el avión, desplegando orgulloso su “aidi”. Y persevera. ¿Y si lo pescan? “Nunca me han pescado, pero si pasa, pues ya qué, no hay que resistirse, me devuelvo y lo vuelvo a intentar…”

Supongo que es uno de los suertudos. Los otros ya no pueden contar sus historias. A veces me pregunto, ¿cuánto tiempo, cuánto bienestar hace falta en México para revertir – o al menos detener – esta tendencia? ¿Será en verdad posible lograrlo algún día? Migración indocumentada, migración indígena. Gusto o necesidad, craso error o sabia decisión, mágica solución o simple sed de aventura. Historias tristes y otras un poco menos. ¿Cómo termina la letanía? ¿Termina?

Y para el emigrante, dos mundos radicalmente distintos que se sobreponen, sin jamás integrarse del todo, un poquito de uno, un poquito del otro. Con un poco de suerte se puede tomar lo mejor de ambos y dejar afuera la miseria y el desamparo, quizás un día hasta pretender que en la partida se conquistan nuevas tierras y se viven aventuras – no se sufren nunca más. Y hacer entonces de esos larguísimos, interminables paseos por el desierto, una forma de vida, un incierto recorrido que se repite hasta el cansancio…arriesgando cada vez el escueto presente, el impredecible futuro y quizás hasta la vida misma por la supervivencia, así, “a la buena de Dios”.


La autora posee un Master en Prospectiva Internacional por la Universidad de París y actualmente trabaja en la Embajada de México en Estados Unidos. Comentarios:
paezguajardo@gmail.com

Tuesday, May 17, 2005

Normal es sólo un ciclo en la secadora…

Por Diana Páez.

Primer viaje a Nueva York. Decido enfrentar la ciudad con todos los sentidos. Tres días serían demasiado poco para conquistarla, así que me conformo con empaparme lo más posible de su abrumadora esencia. Nueva York se vive en varias dimensiones, como ninguna otra ciudad en la que he estado. Tengo que caminar mirando a todas partes: arriba, abajo, a los lados, al frente, atrás. Un torbellino de voces, sombras, olores, sonidos – y ruidos – me envuelve. Nueva York respira con trabajo.

Es una ciudad que empequeñece, me siento minúscula en un sitio donde todo es gigantesco y en el que todo toma grandes proporciones. La diversidad es sencillamente apasionante. ¿Será que esta ciudad representa a nuestro mundo en pequeño? Un microcosmos mezclado, explosivo, desordenado, ininteligible...o al menos para mí. Y en medio del barullo, algunas cosas llamaron mi atención.

La suave cadencia del saxofón en un rincón de Central Park, bajo un sol luminoso que anuncia una furiosa primavera. El virtuoso anónimo que con unos minutos de música puede transportarnos a sitios lejanos. El ir y venir de la gente en el metro, los miles de rostros que esconden pasados distintos que confluyen, al tiempo, en una misma ciudad. ¿El ombligo del mundo?

Por la noche las luces confunden, ahora me siento en la pantalla del cine, parte de una película surrealista que mezcla progreso y retroceso, historia y futurismo, seres terrestres y algunos un poco menos. Todos puntitos en el mapa urbano. Todos buscándonos en algún anuncio de pantalla gigantesca con matiz multicolor. Ciudad de encuentros y desencuentros. Quizás incluso un poco más de estos últimos.

La mañana siguiente, el acelerado ritmo del devenir urbano continúa. No es buena idea detenerse en plena acera, bajo el riesgo de ser, literalmente, atropellado por una marea humana que se precipita hacia alguna parte... o hacia ninguna parte. Espero en una esquina cercana al Empire State. Transcurren larguísimos minutos viendo pasar – y esquivando – a la gente.

Escucho un ruido como de pájaro, miro hacia arriba tratando de ubicar al ave...sin éxito. Lo escucho de nuevo. De pronto me doy cuenta de que no se trata de un ave. Frente a mí pasa lentamente un hombre delgado, con una gorra negra que ostenta cuatro coloridas plumas de pájaro pegadas a los lados y una brillante imagen de la Virgen de Guadalupe remendada en la parte trasera de la gorra. Pasa haciendo ese ruido de pájaro imposible, y balbuceando cosas que nadie entiende. La gente lo mira, alguno se ríe. Él camina sin rumbo, único habitante de su mundo imaginario, quizás mejor que el de nosotros... que nos consideramos normales.

La autora posee un Master en Prospectiva Internacional por la Universidad de París V y actualmente trabaja en la Oficina del TLCAN de la Embajada de México en Washington, DC. Comentarios: paezguajardo@gmail.com .