EL LLANTO DE UN MEXICANO
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Me preocupa. Me preocupa que veo a un país olvidado por sus líderes, quienes se concentran en sacar adelante sus carreras y a sus partidos antes que a su gente.
Me preocupa ver un abismo de desigualdad y diferencia, permeado todo por la infame indiferencia de quienes tienen la responsabilidad de honrar la confianza de esa gente.
Me preocupa ver que en el Congreso imperan el caos y la desunión, que los ‘triunfos’ de mis diputados sean ver quién difama más al otro o quién silencia con más fuerza. Que exista un aura de trabajos inconclusos y que los pocos que se dedican al trabajo son sopesados por quienes se dedican al ultraje. Me preocupa ver más respeto en las tribunas de un clásico de futbol mexicano que en los escaños y curules legislativos.
Funcionarios públicos ausentes o sumisos y fuerzas policiales abandonadas o corrompidas es el maltrato que nos dejan nuestros gobernantes. Benditas aspiraciones de nuestros jóvenes con tanta materia prima corroída. No es sorpresa que ‘ni estudien, ni trabajen’ si el sistema educativo es cada vez menos adecuado y continúa decayendo gracias a quienes se supone deberían levantarlo. El empleo y las oportunidades son virtualmente inexistentes y nuestra economía es tratada con la lujuria de unos cuantos.
Me preocupa mi tierra, sangrando a borbollones, con sangre nacional y extranjera, de quienes depositaron su confianza en unos cuantos. Me preocupa que ‘esos cuantos’ tampoco sean eficaces porque ‘algunos muchos’ se empeñan en que fallen con tal de alzarse el cuello y alardear un ‘se los dije’.
La desigualdad de ideas nunca ha sido crimen, pero el callarlas y asesinarlas es nuestro nuevo movimiento nacional.
Miles de millones de pesos, de nuestro dinero, de nuestros impuestos, se reparten a ‘unos cuantos’ para hacer bien ‘muchos nadas’, mientras tanto nuestros niños tienen hambre, tienen sed y tienen miedo. Miedo, no de una inseguridad que crece sin medida, sino de lo que seguramente terminarán siendo: seres olvidados y marginados por su patria y a quienes luego se les reclame de ‘holgazanes’. Se les castigará por ineficientes y por no saber aprovechar las infinitas oportunidades inexistentes que tuvieron. Nuestros niños, ¿pero qué demonios les hicimos?
Me preocupan todos y cada uno de los miembros de mi familia, más de 112 millones de ellos, que miran al futuro sin un rumbo certero, ese rumbo que nuestros predecesores se negaron rotundamente a asegurar y que ahora miran con desconcierto alegando que ‘no es su culpa’. Y la pelea continúa; y las divisiones incrementan; y las diferencias se exaltan; y nuestros niños, mientras tanto, sufren.
¿Pero qué te pasa, México? ¿En qué momento se volvió rutina suicidarte?
Me preocupa mi gente, que prefiere esconderse frente a una pantalla de televisión que detrás de un libro, o mejor aún, de un oficio. Me preocupa que la política de desarrollo colectivo nacional en estos momentos pareciera que se llama 'resignación', pareciera que se llama 'derrota'.
Me niego rotunda y enfáticamente a quedarme dormido, a darme por vencido. Así me tachen de por vida de demente o inadaptado. Qué ilusos somos todos al pensar que México necesita héroes, si lo único que le hace falta es la atención de sus ciudadanos, o mejor quizá, unos cuantos más de estos.
Este es el movimiento de la tercera insurrección mexicana, cuyo campo de batalla se libra en nuestros propios corazones, donde las únicas armas que encontremos y utilicemos deberán ser la paz, el trabajo y la Patria: suficientes muertes ha soportado lo sagrado de este suelo, y la tierra que se tiñe de rojo con la sangre de mi sangre es testigo de mi entrega. La batalla se gana en el corazón de nuestra gente, al denunciar nuestras propias faltas al país... y a nuestra estampa.
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho y Criminología de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
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Monday, April 18, 2011
Thursday, January 13, 2011
ANCORA IMPARO
Justicia Mexicana, Mito Universal
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Según nuestra Constitución, toda persona tiene derecho a que se le administre justicia por tribunales que estarán expeditos para impartirla en los plazos y términos que fijen las leyes, emitiendo sus resoluciones de manera pronta, completa e imparcial. Justicia pronta y expedita. Justicia. Mito.
Estadísticas recientes muestran cómo desde el período que abarca de diciembre 2006 a abril de 2010, aproximadamente un noventa y cinco por ciento de las ejecuciones ocurridas en el país, no solo han quedado impunes, sino que han carecido de proceso por completo. En promedio, únicamente entre el uno y dos por ciento de los delitos investigados tienen como resultado una sentencia.
Es por ello que no resulta nada descabellado el afirmar que el sistema penal mexicano, más que inexistente, las hace a veces de permisivo con el crimen nacional, puesto que virtualmente no tenemos instituciones penales (e incluyo a todos los niveles de gobierno y a las tres ramas gubernamentales) capaces de abarcar esta carga. Nos quejamos de que no se hace nada, pero desatendemos la realidad que nos demuestra que no se hace nada por la falta de fortaleza en las propias instituciones a las que condenamos por ineficaces.
Y es por eso que la delincuencia no tiene medida en México. Invertimos más al combate de la misma que a su justa prevención. El sistema penal mexicano es un engaño, puesto a que tiene la misma eficacia que una aspirina intentando remediar un cáncer. Y ha llegado a tanto su desprestigio, que muchas veces pasamos por alto el levantar una denuncia por saber que no llegará a nada.
Ahora la pregunta de los sesenta y cuatro mil: ¿De quién es la culpa?
En una empresa, si un trabajador no está a la altura de su puesto, el patrón debe despedirlo, si no, la empresa sufre las consecuencias. En nuestro país, la empresa se llama México, los trabajadores son el gobierno y el patrón se llama mexicanos.
¿Hasta cuándo, mexicanos?
¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que México sufra las consecuencias de nuestra falta de prudencia al elegir quién nos gobierna? Y más importante: ¿cuándo tomaremos el papel que nos corresponde como patrones de nuestro gobierno? ¿De despedirlos cuando sea necesario? ¿De ser ese cambio tan necesario para el país?
Yo digo: cero tolerancia. México necesita urgentemente un cambio de actitud, pero no en sus gobernantes, sino en sus ciudadanos.
México necesita urgentemente mexicanos...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho y Criminología de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Según nuestra Constitución, toda persona tiene derecho a que se le administre justicia por tribunales que estarán expeditos para impartirla en los plazos y términos que fijen las leyes, emitiendo sus resoluciones de manera pronta, completa e imparcial. Justicia pronta y expedita. Justicia. Mito.
Estadísticas recientes muestran cómo desde el período que abarca de diciembre 2006 a abril de 2010, aproximadamente un noventa y cinco por ciento de las ejecuciones ocurridas en el país, no solo han quedado impunes, sino que han carecido de proceso por completo. En promedio, únicamente entre el uno y dos por ciento de los delitos investigados tienen como resultado una sentencia.
Es por ello que no resulta nada descabellado el afirmar que el sistema penal mexicano, más que inexistente, las hace a veces de permisivo con el crimen nacional, puesto que virtualmente no tenemos instituciones penales (e incluyo a todos los niveles de gobierno y a las tres ramas gubernamentales) capaces de abarcar esta carga. Nos quejamos de que no se hace nada, pero desatendemos la realidad que nos demuestra que no se hace nada por la falta de fortaleza en las propias instituciones a las que condenamos por ineficaces.
Y es por eso que la delincuencia no tiene medida en México. Invertimos más al combate de la misma que a su justa prevención. El sistema penal mexicano es un engaño, puesto a que tiene la misma eficacia que una aspirina intentando remediar un cáncer. Y ha llegado a tanto su desprestigio, que muchas veces pasamos por alto el levantar una denuncia por saber que no llegará a nada.
Ahora la pregunta de los sesenta y cuatro mil: ¿De quién es la culpa?
En una empresa, si un trabajador no está a la altura de su puesto, el patrón debe despedirlo, si no, la empresa sufre las consecuencias. En nuestro país, la empresa se llama México, los trabajadores son el gobierno y el patrón se llama mexicanos.
¿Hasta cuándo, mexicanos?
¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que México sufra las consecuencias de nuestra falta de prudencia al elegir quién nos gobierna? Y más importante: ¿cuándo tomaremos el papel que nos corresponde como patrones de nuestro gobierno? ¿De despedirlos cuando sea necesario? ¿De ser ese cambio tan necesario para el país?
Yo digo: cero tolerancia. México necesita urgentemente un cambio de actitud, pero no en sus gobernantes, sino en sus ciudadanos.
México necesita urgentemente mexicanos...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho y Criminología de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
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Tuesday, August 24, 2010
ANCORA IMPARO
PEMEX y la Debacle Nacional
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
El presidente de la Comisión de Energía del Senado, Francisco Labastida, ha señalado en que si no se hace nada en los problemas financieros en el IMSS, PEMEX y el Banco de México se corre un grave riesgo de crisis económica para el 2012.
La situación de PEMEX cada vez me preocupa más. No hay empresa en México peor administrada o más ordeñada por el aparato gubernamental. Creo que, en efecto, ya no tiene remedio. Justificarán lo que quieran, pero la consideración de ahora IMPORTAR el crudo es inconcebible. Y que digan lo que quieran, pero si no han sabido controlar los ductos clandestinos, drenajes de contenedores y lo arcaico de sus refinerías, no es sorpresa tampoco la continua deficiencia en su manejo que hoy los está hundiendo.
Es una para-estatal que únicamente endeuda más al contribuyente, puesto que todos los recursos que genera (y los que no también) pasan directamente a ser parte del PIB nacional. Nada queda para su reinversión y el crecimiento de la empresa. También es aterrador que la economía mexicana dependa tan directamente de la exportación del crudo. La fluctuación de precios del mismo nos han llevado a una de las peores crisis de nuestra historia y nadie parece recordarlo, puesto que se siguen tomando las mismas medidas irresponsables y absurdamente arriesgadas en cuanto a la incorporación casi absoluta de los ingresos obtenidos por su exportación como parte fundamental de nuestra economía. Nadie dice que no puede ocurrir de nuevo. O bien, por otro lado, ¿qué sucederá cuando por fin vaciemos nuestros yacimientos petroleros, cosa que, según estudios lo indican, ya no está lejos?
Y por otro lado tenemos desastres como el del Golfo de México, catalogado como el peor en toda la historia del hombre y con consecuencias aún incalculables que todavía no llegan a su desenlace final. Únicamente falta esperar que prolifere un poco más la temporada de lluvias y huracanes en el golfo para que este problema nos empiece a costar. Y nos costará muy caro.
Creo que ante la imposibilidad de sostener una empresa así, sería un momento ideal para que en verdad México considere fuertemente una próxima y emergente transición a fuentes de energía renovables. Tenemos costas, vientos y sobre todo, mucho MUCHO sol. TODO lo continuamos desaprovechando. No sólo dañamos nuestro medio ambiente, la economía de México está todavía en vías de recuperación, no podemos darnos el lujo de continuar en una ruta rumbo al caos completo y una debacle financiera sin precedentes en nuestro país.
PEMEX está peor que nunca, la gasolina (la mayoría de ella ni siquiera producida en México) está más cara que nunca, y la situación ambiental ni se diga.
Me pregunto, ¿estaremos a tiempo aún para rescatar a PEMEX, y con ello, el patrimonio de todos los mexicanos?
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
El presidente de la Comisión de Energía del Senado, Francisco Labastida, ha señalado en que si no se hace nada en los problemas financieros en el IMSS, PEMEX y el Banco de México se corre un grave riesgo de crisis económica para el 2012.
La situación de PEMEX cada vez me preocupa más. No hay empresa en México peor administrada o más ordeñada por el aparato gubernamental. Creo que, en efecto, ya no tiene remedio. Justificarán lo que quieran, pero la consideración de ahora IMPORTAR el crudo es inconcebible. Y que digan lo que quieran, pero si no han sabido controlar los ductos clandestinos, drenajes de contenedores y lo arcaico de sus refinerías, no es sorpresa tampoco la continua deficiencia en su manejo que hoy los está hundiendo.
Es una para-estatal que únicamente endeuda más al contribuyente, puesto que todos los recursos que genera (y los que no también) pasan directamente a ser parte del PIB nacional. Nada queda para su reinversión y el crecimiento de la empresa. También es aterrador que la economía mexicana dependa tan directamente de la exportación del crudo. La fluctuación de precios del mismo nos han llevado a una de las peores crisis de nuestra historia y nadie parece recordarlo, puesto que se siguen tomando las mismas medidas irresponsables y absurdamente arriesgadas en cuanto a la incorporación casi absoluta de los ingresos obtenidos por su exportación como parte fundamental de nuestra economía. Nadie dice que no puede ocurrir de nuevo. O bien, por otro lado, ¿qué sucederá cuando por fin vaciemos nuestros yacimientos petroleros, cosa que, según estudios lo indican, ya no está lejos?
Y por otro lado tenemos desastres como el del Golfo de México, catalogado como el peor en toda la historia del hombre y con consecuencias aún incalculables que todavía no llegan a su desenlace final. Únicamente falta esperar que prolifere un poco más la temporada de lluvias y huracanes en el golfo para que este problema nos empiece a costar. Y nos costará muy caro.
Creo que ante la imposibilidad de sostener una empresa así, sería un momento ideal para que en verdad México considere fuertemente una próxima y emergente transición a fuentes de energía renovables. Tenemos costas, vientos y sobre todo, mucho MUCHO sol. TODO lo continuamos desaprovechando. No sólo dañamos nuestro medio ambiente, la economía de México está todavía en vías de recuperación, no podemos darnos el lujo de continuar en una ruta rumbo al caos completo y una debacle financiera sin precedentes en nuestro país.
PEMEX está peor que nunca, la gasolina (la mayoría de ella ni siquiera producida en México) está más cara que nunca, y la situación ambiental ni se diga.
Me pregunto, ¿estaremos a tiempo aún para rescatar a PEMEX, y con ello, el patrimonio de todos los mexicanos?
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Tuesday, June 29, 2010
ANCORA IMPARO
México y su Tercera Insurrección
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
La tragedia no te hace a prueba de balas... pero sí las aguantas mejor que los demás... Esta es, quizás, una de las más importantes enseñanzas que la vida hasta el día de hoy me ha dejado. Sin embargo, cada golpe, por sutil o insignificante que pudiera parecer, tiene, tarde o temprano, una cierta manera artera de llegarnos a donde más nos duele. México ha sido ya, por muchos años, un país desorientado, irresponsablemente mal aconsejado y, peor aún, social y moralmente desahuciado.
Al enterarme del sensible fallecimiento de Rodolfo Torre Cantú, candidato a gobernador para el estado de Tamaulipas, sentí un grave y profundo malestar. Esa clase de molestia que impide que uno descanse por las noches, esa angustia inexplicable que nos arroja fuera de nosotros mismos y nos roba maliciosamente de una realidad coherente y explicable. Rodolfo fue mi amigo, y aunque lo conocí muy poco, no lo niego, tenía fe en su persona. No por su partido o propuestas de campaña, sino por su integridad como ser humano que, desde el momento de estrechar su mano, se apreciaba en ondas cálidas de autenticidad y franqueza. Mi más sentido pésame a su familia y amistades, muchos de ellos míos también, por esta irreparable pérdida.
Ahora bien, más allá de la trágica pérdida de este extraordinario ser humano, así como del candidato a presidente municipal por el municipio de Valle Hermoso, Tamaulipas, quien falleciera en similares circunstancias, debo asentar una reflexión: ¿qué más hemos perdido? Como nación, México está entrando a una delgada línea entre la sanidad y la locura, donde el arrebato de pasiones se desbordan en direcciones que no demuestran ser favorables para nadie. ¿Pero qué diablos le está ocurriendo a México? Ahora el crimen organizado ha enviado un mensaje claro y fuerte y que resonó tan duro y potente como metralla: la democracia en México también es asesinable. Más allá de la corrupción enmohecida dentro de nuestras instituciones, ahora cargamos con esta nueva amenaza que atenta en contra de todos los niveles de gobernabilidad y soberanía que antes creíamos ostentar como nación.
Se me viene a la mente aquel comercial de Iniciativa México y no puedo sacarme de la cabeza una cierta frase que detonó en mí la reflexión de un tema que ya venía yo acuñando desde hace meses, "cada cien años México se propone hacer algo grande". Lo cierto de esa frase es que cada cien años, desde la institución de este país como uno independiente y autónomo, México vive ciertamente algo grande. Una afronta bélicosa para garantizar nuestra continuidad como nación, y que se desata una vez por siglo. Primero por nuestra independencia. Después por nuestra democracia. Hoy, sin darnos cuenta, estamos ya todos involucrados en medio de una guerra que estalló hace algunos años y que invariablemente nos afecta a todos. México está viviendo ya su tercera insurrección y somos nosotros, sus ciudadanos, sus principales caudillos, ya que en nosotros está el poder de resistencia y fe que nuestra nación requiere para salir avante. Paciencia y fe...
Esta guerra que vivimos en contra del crimen organizado, cuyo propósito ha sido hasta ahora el de contaminar y corromper las fibras más hondas de nuestra integridad como país democrático e independiente, era algo que se veía venir, algo que quizás tarde o temprano tenía que pasar, y sin embargo creo que nadie dimensionábamos la magnitud del culatazo de nuestras propias armas, y más aún, que el enemigo estaba ya hábilmente consolidado entre nosotros. Paciencia y fe...
¿Y qué nos corresponde a nosotros como ciudadanos? Supongo que esperar, y aún así no sería suficiente. El día en que exista sinergía entre sus ciudadanos, México tendrá esa cohesión nacional que tanto necesita. El repudio a nuestras instituciones es comprensible, mas nunca productivo si no se acompaña de un auténtico deseo e intención de "sanitizarlas". ¿Reformas? ¿Marchas? ¿Protestas? ¿¿Funcionan?? El día en que nos interese lo que está sucediendo en nuestro país lo suficiente como participar en la medida en que nos sea posible, ese será el día en que la democracia en México recobre las fuerzas necesarias para dar réplica a esta ola de incertidumbre por la que estamos atravesando. ¿Quién se une? Paciencia y fe...
La pérdida de hombres como Rodolfo Torre Cantú a manos de esta guerra es algo inaudito, reprochable, abominable. Algo que no creíamos que fuera posible por que tal vez no habíamos dimensionado la gravedad de nuestra propia situación y del daño colateral que nosotros los mexicanos recibimos a causa de ella. Yo le tengo amor y fe a este país. En él nací y crecí, y será este suelo el que me verá morir, aunque desgraciadamente continúan sucitándose situaciones que me decepcionan de mi patria, y para rematarme, la fría estocada de la indiferencia de sus ciudadanos. Qué lástima, y yo que creí que México ya había superado aquella lamentable etapa de asesinar a sus candidatos...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
La tragedia no te hace a prueba de balas... pero sí las aguantas mejor que los demás... Esta es, quizás, una de las más importantes enseñanzas que la vida hasta el día de hoy me ha dejado. Sin embargo, cada golpe, por sutil o insignificante que pudiera parecer, tiene, tarde o temprano, una cierta manera artera de llegarnos a donde más nos duele. México ha sido ya, por muchos años, un país desorientado, irresponsablemente mal aconsejado y, peor aún, social y moralmente desahuciado.
Al enterarme del sensible fallecimiento de Rodolfo Torre Cantú, candidato a gobernador para el estado de Tamaulipas, sentí un grave y profundo malestar. Esa clase de molestia que impide que uno descanse por las noches, esa angustia inexplicable que nos arroja fuera de nosotros mismos y nos roba maliciosamente de una realidad coherente y explicable. Rodolfo fue mi amigo, y aunque lo conocí muy poco, no lo niego, tenía fe en su persona. No por su partido o propuestas de campaña, sino por su integridad como ser humano que, desde el momento de estrechar su mano, se apreciaba en ondas cálidas de autenticidad y franqueza. Mi más sentido pésame a su familia y amistades, muchos de ellos míos también, por esta irreparable pérdida.
Ahora bien, más allá de la trágica pérdida de este extraordinario ser humano, así como del candidato a presidente municipal por el municipio de Valle Hermoso, Tamaulipas, quien falleciera en similares circunstancias, debo asentar una reflexión: ¿qué más hemos perdido? Como nación, México está entrando a una delgada línea entre la sanidad y la locura, donde el arrebato de pasiones se desbordan en direcciones que no demuestran ser favorables para nadie. ¿Pero qué diablos le está ocurriendo a México? Ahora el crimen organizado ha enviado un mensaje claro y fuerte y que resonó tan duro y potente como metralla: la democracia en México también es asesinable. Más allá de la corrupción enmohecida dentro de nuestras instituciones, ahora cargamos con esta nueva amenaza que atenta en contra de todos los niveles de gobernabilidad y soberanía que antes creíamos ostentar como nación.
Se me viene a la mente aquel comercial de Iniciativa México y no puedo sacarme de la cabeza una cierta frase que detonó en mí la reflexión de un tema que ya venía yo acuñando desde hace meses, "cada cien años México se propone hacer algo grande". Lo cierto de esa frase es que cada cien años, desde la institución de este país como uno independiente y autónomo, México vive ciertamente algo grande. Una afronta bélicosa para garantizar nuestra continuidad como nación, y que se desata una vez por siglo. Primero por nuestra independencia. Después por nuestra democracia. Hoy, sin darnos cuenta, estamos ya todos involucrados en medio de una guerra que estalló hace algunos años y que invariablemente nos afecta a todos. México está viviendo ya su tercera insurrección y somos nosotros, sus ciudadanos, sus principales caudillos, ya que en nosotros está el poder de resistencia y fe que nuestra nación requiere para salir avante. Paciencia y fe...
Esta guerra que vivimos en contra del crimen organizado, cuyo propósito ha sido hasta ahora el de contaminar y corromper las fibras más hondas de nuestra integridad como país democrático e independiente, era algo que se veía venir, algo que quizás tarde o temprano tenía que pasar, y sin embargo creo que nadie dimensionábamos la magnitud del culatazo de nuestras propias armas, y más aún, que el enemigo estaba ya hábilmente consolidado entre nosotros. Paciencia y fe...
¿Y qué nos corresponde a nosotros como ciudadanos? Supongo que esperar, y aún así no sería suficiente. El día en que exista sinergía entre sus ciudadanos, México tendrá esa cohesión nacional que tanto necesita. El repudio a nuestras instituciones es comprensible, mas nunca productivo si no se acompaña de un auténtico deseo e intención de "sanitizarlas". ¿Reformas? ¿Marchas? ¿Protestas? ¿¿Funcionan?? El día en que nos interese lo que está sucediendo en nuestro país lo suficiente como participar en la medida en que nos sea posible, ese será el día en que la democracia en México recobre las fuerzas necesarias para dar réplica a esta ola de incertidumbre por la que estamos atravesando. ¿Quién se une? Paciencia y fe...
La pérdida de hombres como Rodolfo Torre Cantú a manos de esta guerra es algo inaudito, reprochable, abominable. Algo que no creíamos que fuera posible por que tal vez no habíamos dimensionado la gravedad de nuestra propia situación y del daño colateral que nosotros los mexicanos recibimos a causa de ella. Yo le tengo amor y fe a este país. En él nací y crecí, y será este suelo el que me verá morir, aunque desgraciadamente continúan sucitándose situaciones que me decepcionan de mi patria, y para rematarme, la fría estocada de la indiferencia de sus ciudadanos. Qué lástima, y yo que creí que México ya había superado aquella lamentable etapa de asesinar a sus candidatos...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
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Friday, June 25, 2010
ANCORA IMPARO
Balleneros, Arponeros y Pamboleros
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo." Este es el, quizás sencillo, pero poderoso principio de la novela Moby Dick del autor estadounidense Herman Melville, y que da inicio a una saga de suspenso y aventura hacia los océanos profundos del corazón y mente humanos en busca de aquel monstruo fabuloso pero de erradicación imprescindible.
Este es el comportamiento de los Estado Unidos como nación para lograr la unión de toda la nación americana. La obsesión compulsiva, casi maníaca, del capitán Ahab de cazar y dar muerte a su enemigo, es el mismo instinto belicoso que giran en torno a las políticas nacionales e internacionales de nuestro vecino del norte. Hace cincuenta años era el nacional-socialismo, después la Unión Soviética, luego Vietnam, Iraq, Afganistán, nuevamente Iraq...
Mi punto es que siempre existe un blanco con el cual el gobierno federal de los Estados Unidos lanza el repudio general de su pueblo y logra unificarlos a casi todos en contra de “aquél monstruo enemigo de la nación”... Pocas veces me escucharán hablar bien de Estados Unidos, dado a que sus constantes gringaderas me sacan de quicio, sin embargo hay que reconocérselos: en momentos críticos, pocas naciones son capaces de lograr una unión tan definida y un rumbo tan marcado.
Esto, obviamente, me resulta amargo, ya que una nación como nuestro vecino del norte, en donde las estadísticas muestran que un veinte por ciento de sus habitantes no pueden siquiera ubicar a su país en un mapa, toma decisiones más responsables en cuanto al patriotismo nacional. Carlos Fuentes, dando réplica a un libro extremista del fallecido Samuel Huntington recalcó también este fenómeno: de cómo Estados Unidos recae casi en el fanatismo de siempre tener como prioridad el tener un enemigo a quien dirigir todas esas emociones negativas. Aquel monstruo que atenta contra los principios de libertad, de justicia y de nación que los hace ser seres humanos libres y grandes. Un fanatismo un tanto peligroso, ya que las consecuencias para el blanco de sus querellas no suelen ser alentadoras. Con esto espero que ahora se entienda el acrecentado temor que estamos teniendo algunos mexicanos con el incremento aberrante de la aceptación en los Estados Unidos de la ley SB 1070 de Arizona, ya que parte de una intolerancia y diferenciación racial, y les recuerdo que de este lado de la frontera vivimos otra raza que tarde o temprano cosechará los frutos de esa intolerancia, y lo haremos como nación, ya no sólo nuestros migrantes.
México no necesita un quinto partido, necesita una causa. ¿Cómo es posible que en mi país, dónde sensiblemente se debería de apreciar una raza mucho más culta e informada, cada vez se preste más al conformismo y la mediocridad? Somos pamboleros desde la cuna, idealizando a nuestros jugadores como héroes nacionales cada vez que ganan un partido, pero queremos expatriarlos cada vez que nos fallan en la cancha. Estadísticas demuestran que durante el mundial, la productividad mexicana baja aproximadamente un veinte por ciento, cosa que me parece aberrante, toda vez que las cosas no están como para descuidar las prioridades.
Me da mucho gusto el estandarte de unión que nos provee nuestra selección cada cuatro años, pero aún así, esa unión está dispersa, ambigua, incompleta. En México requerimos algo más que una breve e inconsistente unión cada cuatro años, requerimos de un rumbo, necesitamos una dirección compartida. Obviamente no quisiera caer en el fanatismo norteamericano de satanizar a sus enemigos y aterrar a toda la nación con cuentos chinos de que si no se ataca ese problema el país se acaba... Pero debemos reconocer que por no ponernos de acuerdo, por siempre hacer de un lado al prójimo, permitimos que el crimen organizado tomara nuestro país, y este problema, señoras y señores, sí puede acabar con nuestra nación. Probablemente no todos estemos de acuerdo con todas las decisiones de nuestros gobernantes; quizás no sean por quienes votamos; el hecho es que ellos están ahí porque así es como funciona una democracia. Una democracia no termina el día de la elección, se vive cada día al refrendar el ciudadano el apoyo a su gobierno (hayamos o no votado por la persona en turno, ya que la campaña terminó y el gobierno es de nosotros, trabajando por y para nosotros), o bien, por las vías necesarias y por consenso general, expresarle su desaprobación. Pero eso sí, recapacitemos y vayámonos poniendo todos de acuerdo y prestémonos de una buena vez a unirnos de manera inteligente y responsable, que por llamarle “pendejo” al Presidente, en lugar de apoyar con trabajo o propuestas, le hacemos a los problemas nacionales lo que el viento a Juárez...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo." Este es el, quizás sencillo, pero poderoso principio de la novela Moby Dick del autor estadounidense Herman Melville, y que da inicio a una saga de suspenso y aventura hacia los océanos profundos del corazón y mente humanos en busca de aquel monstruo fabuloso pero de erradicación imprescindible.
Este es el comportamiento de los Estado Unidos como nación para lograr la unión de toda la nación americana. La obsesión compulsiva, casi maníaca, del capitán Ahab de cazar y dar muerte a su enemigo, es el mismo instinto belicoso que giran en torno a las políticas nacionales e internacionales de nuestro vecino del norte. Hace cincuenta años era el nacional-socialismo, después la Unión Soviética, luego Vietnam, Iraq, Afganistán, nuevamente Iraq...
Mi punto es que siempre existe un blanco con el cual el gobierno federal de los Estados Unidos lanza el repudio general de su pueblo y logra unificarlos a casi todos en contra de “aquél monstruo enemigo de la nación”... Pocas veces me escucharán hablar bien de Estados Unidos, dado a que sus constantes gringaderas me sacan de quicio, sin embargo hay que reconocérselos: en momentos críticos, pocas naciones son capaces de lograr una unión tan definida y un rumbo tan marcado.
Esto, obviamente, me resulta amargo, ya que una nación como nuestro vecino del norte, en donde las estadísticas muestran que un veinte por ciento de sus habitantes no pueden siquiera ubicar a su país en un mapa, toma decisiones más responsables en cuanto al patriotismo nacional. Carlos Fuentes, dando réplica a un libro extremista del fallecido Samuel Huntington recalcó también este fenómeno: de cómo Estados Unidos recae casi en el fanatismo de siempre tener como prioridad el tener un enemigo a quien dirigir todas esas emociones negativas. Aquel monstruo que atenta contra los principios de libertad, de justicia y de nación que los hace ser seres humanos libres y grandes. Un fanatismo un tanto peligroso, ya que las consecuencias para el blanco de sus querellas no suelen ser alentadoras. Con esto espero que ahora se entienda el acrecentado temor que estamos teniendo algunos mexicanos con el incremento aberrante de la aceptación en los Estados Unidos de la ley SB 1070 de Arizona, ya que parte de una intolerancia y diferenciación racial, y les recuerdo que de este lado de la frontera vivimos otra raza que tarde o temprano cosechará los frutos de esa intolerancia, y lo haremos como nación, ya no sólo nuestros migrantes.
México no necesita un quinto partido, necesita una causa. ¿Cómo es posible que en mi país, dónde sensiblemente se debería de apreciar una raza mucho más culta e informada, cada vez se preste más al conformismo y la mediocridad? Somos pamboleros desde la cuna, idealizando a nuestros jugadores como héroes nacionales cada vez que ganan un partido, pero queremos expatriarlos cada vez que nos fallan en la cancha. Estadísticas demuestran que durante el mundial, la productividad mexicana baja aproximadamente un veinte por ciento, cosa que me parece aberrante, toda vez que las cosas no están como para descuidar las prioridades.
Me da mucho gusto el estandarte de unión que nos provee nuestra selección cada cuatro años, pero aún así, esa unión está dispersa, ambigua, incompleta. En México requerimos algo más que una breve e inconsistente unión cada cuatro años, requerimos de un rumbo, necesitamos una dirección compartida. Obviamente no quisiera caer en el fanatismo norteamericano de satanizar a sus enemigos y aterrar a toda la nación con cuentos chinos de que si no se ataca ese problema el país se acaba... Pero debemos reconocer que por no ponernos de acuerdo, por siempre hacer de un lado al prójimo, permitimos que el crimen organizado tomara nuestro país, y este problema, señoras y señores, sí puede acabar con nuestra nación. Probablemente no todos estemos de acuerdo con todas las decisiones de nuestros gobernantes; quizás no sean por quienes votamos; el hecho es que ellos están ahí porque así es como funciona una democracia. Una democracia no termina el día de la elección, se vive cada día al refrendar el ciudadano el apoyo a su gobierno (hayamos o no votado por la persona en turno, ya que la campaña terminó y el gobierno es de nosotros, trabajando por y para nosotros), o bien, por las vías necesarias y por consenso general, expresarle su desaprobación. Pero eso sí, recapacitemos y vayámonos poniendo todos de acuerdo y prestémonos de una buena vez a unirnos de manera inteligente y responsable, que por llamarle “pendejo” al Presidente, en lugar de apoyar con trabajo o propuestas, le hacemos a los problemas nacionales lo que el viento a Juárez...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
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Friday, June 18, 2010
ANCORA IMPARO
Nefro-Necrosis Nacional
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Los hemos abandonado. Nuestras fuerzas más básicas de defensa se han quedado solas, al margen del desprecio de todos nosotros. ¿Pero qué demonios les pasó a nuestras instituciones de seguridad pública? ¿En qué momento se convirtieron en algo que quisiéramos no tener? ¿Por qué es a ellos a quienes les tememos a veces? Esto me avergüenza, me da tristeza, me sofoca, pero aún más, y aunque para nosotros sea difícil reconocerlo, el hecho de que es nuestra culpa.
Y aquí empiezan las largas letanías. Los llantos y sollozos y maltrato vejatorio de esta Epifanía moral. Gritos de, “no sabemos cómo manejar esta situación”, y “no es culpa/responsabilidad nuestra, es del gobierno”. No podemos seguir cegándonos ante la cruda realidad de nuestra desidia al momento de encarar las responsabilidades que todos compartimos por el simple hecho de pisar el bendito suelo de este país.
La realidad es que los hemos ignorado por tanto tiempo que no les dejamos alternativa. El hecho que un policía encaje en un concepto que no diste mucho al de un criminal ordinario o, incluso peor, durante los últimos meses del de un criminal peligroso, es alarmante, pero más aún el hecho de que son así por causa nuestra. Si no me quieren creer, sigan leyendo.
A esta gente les prometemos algo y no lo cumplimos. Los ponemos en la primera línea de defensa, al borde del peligro. Les exigimos, a veces de manera condescendiente porque “es su trabajo”, que arriesguen sus vidas, su seguridad y la de sus familias por nosotros. Nosotros, a quienes no conocen, les exigimos que nos antepongan a sus familias. Ellos, quienes están a cargo de mantener el orden y balance de la armonía en nuestras ciudades son sólo reconocidos al momento del reclamo, jamás del mérito. “El mérito no se lo merecen”, decimos, “porque simplemente están cumpliendo con su trabajo”.
¡Pobres de ellos! Aquellos hombres y mujeres que se exponen cada día por nosotros. No reciben sueldos dignos, de lo contrario no había “mordidas”. No reciben prestaciones adecuadas (aquellos de ellos que las reciben, claro, porque esas cosas para ellos son ya hablar de privilegios), de lo contrario no habría ausentismo. No reciben seguridad para sus familias en el caso de que ellos les falten, de lo contrario no tendrían dudas al enfrentar su deber.
¿En qué momento pasamos por alto el cuidar nosotros también de ellos? ¡Y no, esto no sólo es responsabilidad del gobierno! Ni siquiera voy a empezar a abordar ese tema, porque una columna semanal no me alcanzaría, pero partamos de la premisa de que el gobierno somos nosotros. Nosotros pagamos los impuestos y de nosotros se debe de ocupar el erario. Votamos en cada elección por aquella persona que se supone va a actuar de acuerdo a lo que nosotros queremos ver que se haga. Pero ni eso hacemos, y así todavía esperamos milagros...
Ser un elemento de un cuerpo de seguridad pública en este país debería de ser un honor. Debería de ser un privilegio aspirado por muchos. Debería ser, incluso, un papel que con orgullo podamos ver desempeñado por uno de nuestros hijos. Porque eso son ellos, hijos de México. Hijos de México que México eligió ignorar.
A ellos no les guardo rencor, porque sería irresponsable de mi parte. Sería irresponsable esperar tanto de ellos si no me aseguro como mexicano el que estén previstos de la mejor capacitación física, mental y académica. Que estén previstos del mejor equipo, tecnología e inteligencia. Con disgusto comento que no a todos se les arma con una pistola, no por falta de confianza, pero por falta de “presupuesto”. Aquellos que portan arma, no siempre tienen cartuchos (balas). Y aún así los enviamos al frente de batalla, para pelear por nosotros, simplemente porque para nosotros es su obligación. Los sueldos mensuales de nuestros héroes deberían acercarse a las mega-multas que se imponen en algunas ciudades. ¿Cuál de ellos aceptaría quinientos pesos por hacerse de la vista gorda a una infracción de tránsito si recibiera un sueldo así? ¿Por qué no garantizamos el bienestar económico y patrimonial de sus familias? ¿Por qué no les damos un seguro de vida digno? ¿Por qué nosotros no nos hacemos responsables del sano y mejor desarrollo académico, social y emocional de sus hijos? Nuestros policías son hijos de México y nosotros, señoras y señores, somos México. ¡Dejemos de ignorar a nuestros hijos!
Así como el riñón tiene la función de filtrar impurezas y potenciales amenazas de nuestro organismo, así nuestras instituciones de seguridad pública tienen la labor de limpiar y filtrar este gran organismo que se llama sociedad. Estas instituciones, por nuestra desidia en atenderlas, están lentamente sucumbiendo ante la infección de inseguridad que nos acontece el día de hoy. Estamos, desgraciadamente por descuido propio, agonizando en una nefro-necrosis nacional.
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Los hemos abandonado. Nuestras fuerzas más básicas de defensa se han quedado solas, al margen del desprecio de todos nosotros. ¿Pero qué demonios les pasó a nuestras instituciones de seguridad pública? ¿En qué momento se convirtieron en algo que quisiéramos no tener? ¿Por qué es a ellos a quienes les tememos a veces? Esto me avergüenza, me da tristeza, me sofoca, pero aún más, y aunque para nosotros sea difícil reconocerlo, el hecho de que es nuestra culpa.
Y aquí empiezan las largas letanías. Los llantos y sollozos y maltrato vejatorio de esta Epifanía moral. Gritos de, “no sabemos cómo manejar esta situación”, y “no es culpa/responsabilidad nuestra, es del gobierno”. No podemos seguir cegándonos ante la cruda realidad de nuestra desidia al momento de encarar las responsabilidades que todos compartimos por el simple hecho de pisar el bendito suelo de este país.
La realidad es que los hemos ignorado por tanto tiempo que no les dejamos alternativa. El hecho que un policía encaje en un concepto que no diste mucho al de un criminal ordinario o, incluso peor, durante los últimos meses del de un criminal peligroso, es alarmante, pero más aún el hecho de que son así por causa nuestra. Si no me quieren creer, sigan leyendo.
A esta gente les prometemos algo y no lo cumplimos. Los ponemos en la primera línea de defensa, al borde del peligro. Les exigimos, a veces de manera condescendiente porque “es su trabajo”, que arriesguen sus vidas, su seguridad y la de sus familias por nosotros. Nosotros, a quienes no conocen, les exigimos que nos antepongan a sus familias. Ellos, quienes están a cargo de mantener el orden y balance de la armonía en nuestras ciudades son sólo reconocidos al momento del reclamo, jamás del mérito. “El mérito no se lo merecen”, decimos, “porque simplemente están cumpliendo con su trabajo”.
¡Pobres de ellos! Aquellos hombres y mujeres que se exponen cada día por nosotros. No reciben sueldos dignos, de lo contrario no había “mordidas”. No reciben prestaciones adecuadas (aquellos de ellos que las reciben, claro, porque esas cosas para ellos son ya hablar de privilegios), de lo contrario no habría ausentismo. No reciben seguridad para sus familias en el caso de que ellos les falten, de lo contrario no tendrían dudas al enfrentar su deber.
¿En qué momento pasamos por alto el cuidar nosotros también de ellos? ¡Y no, esto no sólo es responsabilidad del gobierno! Ni siquiera voy a empezar a abordar ese tema, porque una columna semanal no me alcanzaría, pero partamos de la premisa de que el gobierno somos nosotros. Nosotros pagamos los impuestos y de nosotros se debe de ocupar el erario. Votamos en cada elección por aquella persona que se supone va a actuar de acuerdo a lo que nosotros queremos ver que se haga. Pero ni eso hacemos, y así todavía esperamos milagros...
Ser un elemento de un cuerpo de seguridad pública en este país debería de ser un honor. Debería de ser un privilegio aspirado por muchos. Debería ser, incluso, un papel que con orgullo podamos ver desempeñado por uno de nuestros hijos. Porque eso son ellos, hijos de México. Hijos de México que México eligió ignorar.
A ellos no les guardo rencor, porque sería irresponsable de mi parte. Sería irresponsable esperar tanto de ellos si no me aseguro como mexicano el que estén previstos de la mejor capacitación física, mental y académica. Que estén previstos del mejor equipo, tecnología e inteligencia. Con disgusto comento que no a todos se les arma con una pistola, no por falta de confianza, pero por falta de “presupuesto”. Aquellos que portan arma, no siempre tienen cartuchos (balas). Y aún así los enviamos al frente de batalla, para pelear por nosotros, simplemente porque para nosotros es su obligación. Los sueldos mensuales de nuestros héroes deberían acercarse a las mega-multas que se imponen en algunas ciudades. ¿Cuál de ellos aceptaría quinientos pesos por hacerse de la vista gorda a una infracción de tránsito si recibiera un sueldo así? ¿Por qué no garantizamos el bienestar económico y patrimonial de sus familias? ¿Por qué no les damos un seguro de vida digno? ¿Por qué nosotros no nos hacemos responsables del sano y mejor desarrollo académico, social y emocional de sus hijos? Nuestros policías son hijos de México y nosotros, señoras y señores, somos México. ¡Dejemos de ignorar a nuestros hijos!
Así como el riñón tiene la función de filtrar impurezas y potenciales amenazas de nuestro organismo, así nuestras instituciones de seguridad pública tienen la labor de limpiar y filtrar este gran organismo que se llama sociedad. Estas instituciones, por nuestra desidia en atenderlas, están lentamente sucumbiendo ante la infección de inseguridad que nos acontece el día de hoy. Estamos, desgraciadamente por descuido propio, agonizando en una nefro-necrosis nacional.
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Thursday, June 10, 2010
ANCORA IMPARO
Ciudadano-País / Ciudadano-Mundo
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Desde siempre, estudios antropológicos han demostrado que el ser humano es un ser gregario por naturaleza, esto quiere decir que instintivamente buscamos la compañía y asociación con más seres como nosotros; entiéndase más seres humanos. Al principio comenzó con la familia, núcleo de toda sociedad, y el pilar base sobre el cual las primeras civilizaciones fueron tomando forma, ya que fueron grupos pequeños de familias que decidieron establecerse en un mismo sitio (o de manera conjunta cuando la vida sedentaria aún no existía), las que dieron pie a las primeras sociedades. Éstas, a su vez, formaron clanes, luego tribus, y posteriormente una población formal.
Hoy, la palabra ciudadano se deriva directamente de la ciudad de procedencia de una persona, sin embargo esta definición, per se, es incompleta. El orgullo y el tan enraizado sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo es el que preponderantemente ha ocasionado siempre un arraigo emocional en el ser humano. Fue así como nacieron las primeras distinciones entre regiones: no por territorio, sino por procedencia/pertenencia a un grupo social en particular que habitaba dicho territorio.
De ahí deriva el sentimiento y el principio de la ciudadanía como tal. El pertenecer a un lugar por lo que representa y por lo que nosotros, como miembros de esa comunidad, representamos ante el mundo. Hoy, cada comunidad (o estado, o ciudad, o país, o como se le quiera llamar) ostenta esa pertenencia que se dice única por generar un grupo de personas con valores y objetivos similares o comunes y que diariamente empujan, en equipo, a toda esa comunidad de alguna forma u otra. Ese es el verdadero concepto de ciudadanía. Mexicanos, en México, canadienses, en Canadá, portugueses, en Portugal, y así las ciudadanías continúan según los cánones establecidos en el mundo actual.
Ahora bien, el mundo actual difiere drásticamente al de hace tan sólo unos cuantos años. Cada vez la comunicación entre cada comunidad, algo que en vez otrora pareciera imposible, improbable, o bien, extremadamente remoto, es ahora un hecho cotidiano, en donde amigos de todas partes del planeta y de culturas (ciudadanías) totalmente distintas conviven a través de los medios informáticos cada día. Y aquí no hablamos necesariamente de familiares que hayan emigrado el extranjero, sino de extranjeros "de hueso colorado", totalmente distintos a nosotros, que de pronto están a nuestro alcance. Así hacemos, en México, amistad con alemanes, rusos, suecos, italianos e incluso japoneses. Es aquí donde empieza el fenómeno de "la mezcla".
La mezcla es también definible como "incorporación", y se da cuando un grupo social, ya sea por asimilación o por conveniencia para su comodidad o supervivencia, adopta costumbres o modos de otro grupo social. Paul Harrison, en su artículo "The Westernization of the World" ("La Occidentización del Mundo") habla sobre cómo más a menudo se percibe cómo otras culturas van, de manera cada vez más acelerada, adoptando modos y tradiciones de las culturas de occidente (Europa y Norteamérica, principalmente). Asimismo, Thomas L. Friedman, en su libro The World is Flat (El Mundo es Plano) comenta sobre cómo la revolución informática en el mundo a dado pie a la homologación de costumbres y servicios a través del orbe, tanto así que una llamada hecha en los Estados Unidos, puede ser contestada en la India, para resolver a su vez, un problema en China.
Ser ciudadanos del mundo implica reconocer que, a pesar de nuestra evidentes diferencia culturales, físicas y morales, existen precedentes claros de que podemos coexistir. Más aún, existen pruebas irrefutables que la homologación de costumbres y el nuevo mundo que ahora se nos presenta tanto a nuestro alcance, nos hace partícipes de él de una manera nunca antes vista, puesto que podemos opinar, formar parte y enterarnos de prácticamente cualquier cosa por cerca o lejos que esté. Replanteemos ahora el sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo que preponderantemente ocasiona un arraigo emocional en el ser humano que describimos al principio, y transmitámoslo hacia este planeta en su totalidad: es la tierra que nos vio nacer y que, a pesar de haber crecido en un pequeña parte de ella, sigue siendo un ente más grande que esa región en específico; tenemos costumbres de todas partes de ella y que nacieron en lugares que quizá aún no nos enteramos que existen; sabemos qué acontece en ella; formamos amistad con gente al otro extremo de ella; y además, SEGUIMOS VIVIENDO EN ELLA. Esa es una ciudadanía global/universal.
Me pregunto: ¿seremos capaces algún día de verdaderamente practicar este concepto?
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Desde siempre, estudios antropológicos han demostrado que el ser humano es un ser gregario por naturaleza, esto quiere decir que instintivamente buscamos la compañía y asociación con más seres como nosotros; entiéndase más seres humanos. Al principio comenzó con la familia, núcleo de toda sociedad, y el pilar base sobre el cual las primeras civilizaciones fueron tomando forma, ya que fueron grupos pequeños de familias que decidieron establecerse en un mismo sitio (o de manera conjunta cuando la vida sedentaria aún no existía), las que dieron pie a las primeras sociedades. Éstas, a su vez, formaron clanes, luego tribus, y posteriormente una población formal.
Hoy, la palabra ciudadano se deriva directamente de la ciudad de procedencia de una persona, sin embargo esta definición, per se, es incompleta. El orgullo y el tan enraizado sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo es el que preponderantemente ha ocasionado siempre un arraigo emocional en el ser humano. Fue así como nacieron las primeras distinciones entre regiones: no por territorio, sino por procedencia/pertenencia a un grupo social en particular que habitaba dicho territorio.
De ahí deriva el sentimiento y el principio de la ciudadanía como tal. El pertenecer a un lugar por lo que representa y por lo que nosotros, como miembros de esa comunidad, representamos ante el mundo. Hoy, cada comunidad (o estado, o ciudad, o país, o como se le quiera llamar) ostenta esa pertenencia que se dice única por generar un grupo de personas con valores y objetivos similares o comunes y que diariamente empujan, en equipo, a toda esa comunidad de alguna forma u otra. Ese es el verdadero concepto de ciudadanía. Mexicanos, en México, canadienses, en Canadá, portugueses, en Portugal, y así las ciudadanías continúan según los cánones establecidos en el mundo actual.
Ahora bien, el mundo actual difiere drásticamente al de hace tan sólo unos cuantos años. Cada vez la comunicación entre cada comunidad, algo que en vez otrora pareciera imposible, improbable, o bien, extremadamente remoto, es ahora un hecho cotidiano, en donde amigos de todas partes del planeta y de culturas (ciudadanías) totalmente distintas conviven a través de los medios informáticos cada día. Y aquí no hablamos necesariamente de familiares que hayan emigrado el extranjero, sino de extranjeros "de hueso colorado", totalmente distintos a nosotros, que de pronto están a nuestro alcance. Así hacemos, en México, amistad con alemanes, rusos, suecos, italianos e incluso japoneses. Es aquí donde empieza el fenómeno de "la mezcla".
La mezcla es también definible como "incorporación", y se da cuando un grupo social, ya sea por asimilación o por conveniencia para su comodidad o supervivencia, adopta costumbres o modos de otro grupo social. Paul Harrison, en su artículo "The Westernization of the World" ("La Occidentización del Mundo") habla sobre cómo más a menudo se percibe cómo otras culturas van, de manera cada vez más acelerada, adoptando modos y tradiciones de las culturas de occidente (Europa y Norteamérica, principalmente). Asimismo, Thomas L. Friedman, en su libro The World is Flat (El Mundo es Plano) comenta sobre cómo la revolución informática en el mundo a dado pie a la homologación de costumbres y servicios a través del orbe, tanto así que una llamada hecha en los Estados Unidos, puede ser contestada en la India, para resolver a su vez, un problema en China.
Ser ciudadanos del mundo implica reconocer que, a pesar de nuestra evidentes diferencia culturales, físicas y morales, existen precedentes claros de que podemos coexistir. Más aún, existen pruebas irrefutables que la homologación de costumbres y el nuevo mundo que ahora se nos presenta tanto a nuestro alcance, nos hace partícipes de él de una manera nunca antes vista, puesto que podemos opinar, formar parte y enterarnos de prácticamente cualquier cosa por cerca o lejos que esté. Replanteemos ahora el sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo que preponderantemente ocasiona un arraigo emocional en el ser humano que describimos al principio, y transmitámoslo hacia este planeta en su totalidad: es la tierra que nos vio nacer y que, a pesar de haber crecido en un pequeña parte de ella, sigue siendo un ente más grande que esa región en específico; tenemos costumbres de todas partes de ella y que nacieron en lugares que quizá aún no nos enteramos que existen; sabemos qué acontece en ella; formamos amistad con gente al otro extremo de ella; y además, SEGUIMOS VIVIENDO EN ELLA. Esa es una ciudadanía global/universal.
Me pregunto: ¿seremos capaces algún día de verdaderamente practicar este concepto?
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
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