Por Gabriel Rodríguez Rico
Monterrey es una ciudad que si no se conoce, no se entiende. Tuve el privilegio de vivir ahí durante algunos años, los suficientes para sentir sus grandes avenidas destruidas como heridas que pronto deben ser reparadas, para entender las cicatrices de huracanes pasados, como el Gilberto. Así como aceptar que su actitud no es de pedantería, sino de un orgullo bien ganado.
He escuchado un sinnúmero de opiniones respecto a esa ciudad, y su área metropolitana, desde gente del sur del país refiriéndose a ella como “un lugar casi como Europa”, sus severas autocríticas por considerarse “la realeza de México”, y aquellos que defienden tal afirmación, sin olvidar una reputación de avaros. Sin embargo, la más adecuada me parece una que escuche recientemente “una de las patas del banco”.
Monterrey era, hasta hace poco, la única ciudad que logró crecer en esas dimensiones lejos del amparo de la capital mexicana, ofreciendo una calidad de vida que contaba con la prosperidad económica de la frontera, con un nivel de seguridad sorprendente. Mientras que se convertía en cuna de algunas de las mejores instituciones educativas en el país y de las empresas que distinguen a México a nivel internacional, no sólo por sus finanzas, sino también por su tecnología.
En años recientes, los efectos de la violencia y la crisis comenzaron a hacer secuelas en la ciudad. De pronto, se comenzó a convertir en un lugar irreconocible para quienes la conocieron en su grandeza. Y hoy, se encuentra parcialmente destruida por un desastre natural.
Definitivamente, Monterrey es una pata del banco. No solamente por el poder adquisitivo de sus habitantes, y el poder financiero de los residentes de San Pedro, sino porque no es un símbolo de esperanza, sino de acción, de grandeza, de un plan de desarrollo puesto en práctica.
Al parecer, el resto de la República no alcanza a comprender el grado de daños que provocó el huracán. La respuesta social se ve lenta hasta el momento. Hoy, más que nunca, hay que ayudar a la ciudad. Por el banco, y por el valor de cada una de las patas. Porque somos mexicanos. Porque hoy nos necesita, de la misma manera en la que la hemos necesitado y lo seguiremos haciendo, tras su segura recuperación.
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Friday, August 06, 2010
Friday, June 25, 2010
ANCORA IMPARO
Balleneros, Arponeros y Pamboleros
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo." Este es el, quizás sencillo, pero poderoso principio de la novela Moby Dick del autor estadounidense Herman Melville, y que da inicio a una saga de suspenso y aventura hacia los océanos profundos del corazón y mente humanos en busca de aquel monstruo fabuloso pero de erradicación imprescindible.
Este es el comportamiento de los Estado Unidos como nación para lograr la unión de toda la nación americana. La obsesión compulsiva, casi maníaca, del capitán Ahab de cazar y dar muerte a su enemigo, es el mismo instinto belicoso que giran en torno a las políticas nacionales e internacionales de nuestro vecino del norte. Hace cincuenta años era el nacional-socialismo, después la Unión Soviética, luego Vietnam, Iraq, Afganistán, nuevamente Iraq...
Mi punto es que siempre existe un blanco con el cual el gobierno federal de los Estados Unidos lanza el repudio general de su pueblo y logra unificarlos a casi todos en contra de “aquél monstruo enemigo de la nación”... Pocas veces me escucharán hablar bien de Estados Unidos, dado a que sus constantes gringaderas me sacan de quicio, sin embargo hay que reconocérselos: en momentos críticos, pocas naciones son capaces de lograr una unión tan definida y un rumbo tan marcado.
Esto, obviamente, me resulta amargo, ya que una nación como nuestro vecino del norte, en donde las estadísticas muestran que un veinte por ciento de sus habitantes no pueden siquiera ubicar a su país en un mapa, toma decisiones más responsables en cuanto al patriotismo nacional. Carlos Fuentes, dando réplica a un libro extremista del fallecido Samuel Huntington recalcó también este fenómeno: de cómo Estados Unidos recae casi en el fanatismo de siempre tener como prioridad el tener un enemigo a quien dirigir todas esas emociones negativas. Aquel monstruo que atenta contra los principios de libertad, de justicia y de nación que los hace ser seres humanos libres y grandes. Un fanatismo un tanto peligroso, ya que las consecuencias para el blanco de sus querellas no suelen ser alentadoras. Con esto espero que ahora se entienda el acrecentado temor que estamos teniendo algunos mexicanos con el incremento aberrante de la aceptación en los Estados Unidos de la ley SB 1070 de Arizona, ya que parte de una intolerancia y diferenciación racial, y les recuerdo que de este lado de la frontera vivimos otra raza que tarde o temprano cosechará los frutos de esa intolerancia, y lo haremos como nación, ya no sólo nuestros migrantes.
México no necesita un quinto partido, necesita una causa. ¿Cómo es posible que en mi país, dónde sensiblemente se debería de apreciar una raza mucho más culta e informada, cada vez se preste más al conformismo y la mediocridad? Somos pamboleros desde la cuna, idealizando a nuestros jugadores como héroes nacionales cada vez que ganan un partido, pero queremos expatriarlos cada vez que nos fallan en la cancha. Estadísticas demuestran que durante el mundial, la productividad mexicana baja aproximadamente un veinte por ciento, cosa que me parece aberrante, toda vez que las cosas no están como para descuidar las prioridades.
Me da mucho gusto el estandarte de unión que nos provee nuestra selección cada cuatro años, pero aún así, esa unión está dispersa, ambigua, incompleta. En México requerimos algo más que una breve e inconsistente unión cada cuatro años, requerimos de un rumbo, necesitamos una dirección compartida. Obviamente no quisiera caer en el fanatismo norteamericano de satanizar a sus enemigos y aterrar a toda la nación con cuentos chinos de que si no se ataca ese problema el país se acaba... Pero debemos reconocer que por no ponernos de acuerdo, por siempre hacer de un lado al prójimo, permitimos que el crimen organizado tomara nuestro país, y este problema, señoras y señores, sí puede acabar con nuestra nación. Probablemente no todos estemos de acuerdo con todas las decisiones de nuestros gobernantes; quizás no sean por quienes votamos; el hecho es que ellos están ahí porque así es como funciona una democracia. Una democracia no termina el día de la elección, se vive cada día al refrendar el ciudadano el apoyo a su gobierno (hayamos o no votado por la persona en turno, ya que la campaña terminó y el gobierno es de nosotros, trabajando por y para nosotros), o bien, por las vías necesarias y por consenso general, expresarle su desaprobación. Pero eso sí, recapacitemos y vayámonos poniendo todos de acuerdo y prestémonos de una buena vez a unirnos de manera inteligente y responsable, que por llamarle “pendejo” al Presidente, en lugar de apoyar con trabajo o propuestas, le hacemos a los problemas nacionales lo que el viento a Juárez...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo." Este es el, quizás sencillo, pero poderoso principio de la novela Moby Dick del autor estadounidense Herman Melville, y que da inicio a una saga de suspenso y aventura hacia los océanos profundos del corazón y mente humanos en busca de aquel monstruo fabuloso pero de erradicación imprescindible.
Este es el comportamiento de los Estado Unidos como nación para lograr la unión de toda la nación americana. La obsesión compulsiva, casi maníaca, del capitán Ahab de cazar y dar muerte a su enemigo, es el mismo instinto belicoso que giran en torno a las políticas nacionales e internacionales de nuestro vecino del norte. Hace cincuenta años era el nacional-socialismo, después la Unión Soviética, luego Vietnam, Iraq, Afganistán, nuevamente Iraq...
Mi punto es que siempre existe un blanco con el cual el gobierno federal de los Estados Unidos lanza el repudio general de su pueblo y logra unificarlos a casi todos en contra de “aquél monstruo enemigo de la nación”... Pocas veces me escucharán hablar bien de Estados Unidos, dado a que sus constantes gringaderas me sacan de quicio, sin embargo hay que reconocérselos: en momentos críticos, pocas naciones son capaces de lograr una unión tan definida y un rumbo tan marcado.
Esto, obviamente, me resulta amargo, ya que una nación como nuestro vecino del norte, en donde las estadísticas muestran que un veinte por ciento de sus habitantes no pueden siquiera ubicar a su país en un mapa, toma decisiones más responsables en cuanto al patriotismo nacional. Carlos Fuentes, dando réplica a un libro extremista del fallecido Samuel Huntington recalcó también este fenómeno: de cómo Estados Unidos recae casi en el fanatismo de siempre tener como prioridad el tener un enemigo a quien dirigir todas esas emociones negativas. Aquel monstruo que atenta contra los principios de libertad, de justicia y de nación que los hace ser seres humanos libres y grandes. Un fanatismo un tanto peligroso, ya que las consecuencias para el blanco de sus querellas no suelen ser alentadoras. Con esto espero que ahora se entienda el acrecentado temor que estamos teniendo algunos mexicanos con el incremento aberrante de la aceptación en los Estados Unidos de la ley SB 1070 de Arizona, ya que parte de una intolerancia y diferenciación racial, y les recuerdo que de este lado de la frontera vivimos otra raza que tarde o temprano cosechará los frutos de esa intolerancia, y lo haremos como nación, ya no sólo nuestros migrantes.
México no necesita un quinto partido, necesita una causa. ¿Cómo es posible que en mi país, dónde sensiblemente se debería de apreciar una raza mucho más culta e informada, cada vez se preste más al conformismo y la mediocridad? Somos pamboleros desde la cuna, idealizando a nuestros jugadores como héroes nacionales cada vez que ganan un partido, pero queremos expatriarlos cada vez que nos fallan en la cancha. Estadísticas demuestran que durante el mundial, la productividad mexicana baja aproximadamente un veinte por ciento, cosa que me parece aberrante, toda vez que las cosas no están como para descuidar las prioridades.
Me da mucho gusto el estandarte de unión que nos provee nuestra selección cada cuatro años, pero aún así, esa unión está dispersa, ambigua, incompleta. En México requerimos algo más que una breve e inconsistente unión cada cuatro años, requerimos de un rumbo, necesitamos una dirección compartida. Obviamente no quisiera caer en el fanatismo norteamericano de satanizar a sus enemigos y aterrar a toda la nación con cuentos chinos de que si no se ataca ese problema el país se acaba... Pero debemos reconocer que por no ponernos de acuerdo, por siempre hacer de un lado al prójimo, permitimos que el crimen organizado tomara nuestro país, y este problema, señoras y señores, sí puede acabar con nuestra nación. Probablemente no todos estemos de acuerdo con todas las decisiones de nuestros gobernantes; quizás no sean por quienes votamos; el hecho es que ellos están ahí porque así es como funciona una democracia. Una democracia no termina el día de la elección, se vive cada día al refrendar el ciudadano el apoyo a su gobierno (hayamos o no votado por la persona en turno, ya que la campaña terminó y el gobierno es de nosotros, trabajando por y para nosotros), o bien, por las vías necesarias y por consenso general, expresarle su desaprobación. Pero eso sí, recapacitemos y vayámonos poniendo todos de acuerdo y prestémonos de una buena vez a unirnos de manera inteligente y responsable, que por llamarle “pendejo” al Presidente, en lugar de apoyar con trabajo o propuestas, le hacemos a los problemas nacionales lo que el viento a Juárez...
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Friday, June 18, 2010
ANCORA IMPARO
Nefro-Necrosis Nacional
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Los hemos abandonado. Nuestras fuerzas más básicas de defensa se han quedado solas, al margen del desprecio de todos nosotros. ¿Pero qué demonios les pasó a nuestras instituciones de seguridad pública? ¿En qué momento se convirtieron en algo que quisiéramos no tener? ¿Por qué es a ellos a quienes les tememos a veces? Esto me avergüenza, me da tristeza, me sofoca, pero aún más, y aunque para nosotros sea difícil reconocerlo, el hecho de que es nuestra culpa.
Y aquí empiezan las largas letanías. Los llantos y sollozos y maltrato vejatorio de esta Epifanía moral. Gritos de, “no sabemos cómo manejar esta situación”, y “no es culpa/responsabilidad nuestra, es del gobierno”. No podemos seguir cegándonos ante la cruda realidad de nuestra desidia al momento de encarar las responsabilidades que todos compartimos por el simple hecho de pisar el bendito suelo de este país.
La realidad es que los hemos ignorado por tanto tiempo que no les dejamos alternativa. El hecho que un policía encaje en un concepto que no diste mucho al de un criminal ordinario o, incluso peor, durante los últimos meses del de un criminal peligroso, es alarmante, pero más aún el hecho de que son así por causa nuestra. Si no me quieren creer, sigan leyendo.
A esta gente les prometemos algo y no lo cumplimos. Los ponemos en la primera línea de defensa, al borde del peligro. Les exigimos, a veces de manera condescendiente porque “es su trabajo”, que arriesguen sus vidas, su seguridad y la de sus familias por nosotros. Nosotros, a quienes no conocen, les exigimos que nos antepongan a sus familias. Ellos, quienes están a cargo de mantener el orden y balance de la armonía en nuestras ciudades son sólo reconocidos al momento del reclamo, jamás del mérito. “El mérito no se lo merecen”, decimos, “porque simplemente están cumpliendo con su trabajo”.
¡Pobres de ellos! Aquellos hombres y mujeres que se exponen cada día por nosotros. No reciben sueldos dignos, de lo contrario no había “mordidas”. No reciben prestaciones adecuadas (aquellos de ellos que las reciben, claro, porque esas cosas para ellos son ya hablar de privilegios), de lo contrario no habría ausentismo. No reciben seguridad para sus familias en el caso de que ellos les falten, de lo contrario no tendrían dudas al enfrentar su deber.
¿En qué momento pasamos por alto el cuidar nosotros también de ellos? ¡Y no, esto no sólo es responsabilidad del gobierno! Ni siquiera voy a empezar a abordar ese tema, porque una columna semanal no me alcanzaría, pero partamos de la premisa de que el gobierno somos nosotros. Nosotros pagamos los impuestos y de nosotros se debe de ocupar el erario. Votamos en cada elección por aquella persona que se supone va a actuar de acuerdo a lo que nosotros queremos ver que se haga. Pero ni eso hacemos, y así todavía esperamos milagros...
Ser un elemento de un cuerpo de seguridad pública en este país debería de ser un honor. Debería de ser un privilegio aspirado por muchos. Debería ser, incluso, un papel que con orgullo podamos ver desempeñado por uno de nuestros hijos. Porque eso son ellos, hijos de México. Hijos de México que México eligió ignorar.
A ellos no les guardo rencor, porque sería irresponsable de mi parte. Sería irresponsable esperar tanto de ellos si no me aseguro como mexicano el que estén previstos de la mejor capacitación física, mental y académica. Que estén previstos del mejor equipo, tecnología e inteligencia. Con disgusto comento que no a todos se les arma con una pistola, no por falta de confianza, pero por falta de “presupuesto”. Aquellos que portan arma, no siempre tienen cartuchos (balas). Y aún así los enviamos al frente de batalla, para pelear por nosotros, simplemente porque para nosotros es su obligación. Los sueldos mensuales de nuestros héroes deberían acercarse a las mega-multas que se imponen en algunas ciudades. ¿Cuál de ellos aceptaría quinientos pesos por hacerse de la vista gorda a una infracción de tránsito si recibiera un sueldo así? ¿Por qué no garantizamos el bienestar económico y patrimonial de sus familias? ¿Por qué no les damos un seguro de vida digno? ¿Por qué nosotros no nos hacemos responsables del sano y mejor desarrollo académico, social y emocional de sus hijos? Nuestros policías son hijos de México y nosotros, señoras y señores, somos México. ¡Dejemos de ignorar a nuestros hijos!
Así como el riñón tiene la función de filtrar impurezas y potenciales amenazas de nuestro organismo, así nuestras instituciones de seguridad pública tienen la labor de limpiar y filtrar este gran organismo que se llama sociedad. Estas instituciones, por nuestra desidia en atenderlas, están lentamente sucumbiendo ante la infección de inseguridad que nos acontece el día de hoy. Estamos, desgraciadamente por descuido propio, agonizando en una nefro-necrosis nacional.
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Los hemos abandonado. Nuestras fuerzas más básicas de defensa se han quedado solas, al margen del desprecio de todos nosotros. ¿Pero qué demonios les pasó a nuestras instituciones de seguridad pública? ¿En qué momento se convirtieron en algo que quisiéramos no tener? ¿Por qué es a ellos a quienes les tememos a veces? Esto me avergüenza, me da tristeza, me sofoca, pero aún más, y aunque para nosotros sea difícil reconocerlo, el hecho de que es nuestra culpa.
Y aquí empiezan las largas letanías. Los llantos y sollozos y maltrato vejatorio de esta Epifanía moral. Gritos de, “no sabemos cómo manejar esta situación”, y “no es culpa/responsabilidad nuestra, es del gobierno”. No podemos seguir cegándonos ante la cruda realidad de nuestra desidia al momento de encarar las responsabilidades que todos compartimos por el simple hecho de pisar el bendito suelo de este país.
La realidad es que los hemos ignorado por tanto tiempo que no les dejamos alternativa. El hecho que un policía encaje en un concepto que no diste mucho al de un criminal ordinario o, incluso peor, durante los últimos meses del de un criminal peligroso, es alarmante, pero más aún el hecho de que son así por causa nuestra. Si no me quieren creer, sigan leyendo.
A esta gente les prometemos algo y no lo cumplimos. Los ponemos en la primera línea de defensa, al borde del peligro. Les exigimos, a veces de manera condescendiente porque “es su trabajo”, que arriesguen sus vidas, su seguridad y la de sus familias por nosotros. Nosotros, a quienes no conocen, les exigimos que nos antepongan a sus familias. Ellos, quienes están a cargo de mantener el orden y balance de la armonía en nuestras ciudades son sólo reconocidos al momento del reclamo, jamás del mérito. “El mérito no se lo merecen”, decimos, “porque simplemente están cumpliendo con su trabajo”.
¡Pobres de ellos! Aquellos hombres y mujeres que se exponen cada día por nosotros. No reciben sueldos dignos, de lo contrario no había “mordidas”. No reciben prestaciones adecuadas (aquellos de ellos que las reciben, claro, porque esas cosas para ellos son ya hablar de privilegios), de lo contrario no habría ausentismo. No reciben seguridad para sus familias en el caso de que ellos les falten, de lo contrario no tendrían dudas al enfrentar su deber.
¿En qué momento pasamos por alto el cuidar nosotros también de ellos? ¡Y no, esto no sólo es responsabilidad del gobierno! Ni siquiera voy a empezar a abordar ese tema, porque una columna semanal no me alcanzaría, pero partamos de la premisa de que el gobierno somos nosotros. Nosotros pagamos los impuestos y de nosotros se debe de ocupar el erario. Votamos en cada elección por aquella persona que se supone va a actuar de acuerdo a lo que nosotros queremos ver que se haga. Pero ni eso hacemos, y así todavía esperamos milagros...
Ser un elemento de un cuerpo de seguridad pública en este país debería de ser un honor. Debería de ser un privilegio aspirado por muchos. Debería ser, incluso, un papel que con orgullo podamos ver desempeñado por uno de nuestros hijos. Porque eso son ellos, hijos de México. Hijos de México que México eligió ignorar.
A ellos no les guardo rencor, porque sería irresponsable de mi parte. Sería irresponsable esperar tanto de ellos si no me aseguro como mexicano el que estén previstos de la mejor capacitación física, mental y académica. Que estén previstos del mejor equipo, tecnología e inteligencia. Con disgusto comento que no a todos se les arma con una pistola, no por falta de confianza, pero por falta de “presupuesto”. Aquellos que portan arma, no siempre tienen cartuchos (balas). Y aún así los enviamos al frente de batalla, para pelear por nosotros, simplemente porque para nosotros es su obligación. Los sueldos mensuales de nuestros héroes deberían acercarse a las mega-multas que se imponen en algunas ciudades. ¿Cuál de ellos aceptaría quinientos pesos por hacerse de la vista gorda a una infracción de tránsito si recibiera un sueldo así? ¿Por qué no garantizamos el bienestar económico y patrimonial de sus familias? ¿Por qué no les damos un seguro de vida digno? ¿Por qué nosotros no nos hacemos responsables del sano y mejor desarrollo académico, social y emocional de sus hijos? Nuestros policías son hijos de México y nosotros, señoras y señores, somos México. ¡Dejemos de ignorar a nuestros hijos!
Así como el riñón tiene la función de filtrar impurezas y potenciales amenazas de nuestro organismo, así nuestras instituciones de seguridad pública tienen la labor de limpiar y filtrar este gran organismo que se llama sociedad. Estas instituciones, por nuestra desidia en atenderlas, están lentamente sucumbiendo ante la infección de inseguridad que nos acontece el día de hoy. Estamos, desgraciadamente por descuido propio, agonizando en una nefro-necrosis nacional.
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Thursday, June 10, 2010
ANCORA IMPARO
Ciudadano-País / Ciudadano-Mundo
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Desde siempre, estudios antropológicos han demostrado que el ser humano es un ser gregario por naturaleza, esto quiere decir que instintivamente buscamos la compañía y asociación con más seres como nosotros; entiéndase más seres humanos. Al principio comenzó con la familia, núcleo de toda sociedad, y el pilar base sobre el cual las primeras civilizaciones fueron tomando forma, ya que fueron grupos pequeños de familias que decidieron establecerse en un mismo sitio (o de manera conjunta cuando la vida sedentaria aún no existía), las que dieron pie a las primeras sociedades. Éstas, a su vez, formaron clanes, luego tribus, y posteriormente una población formal.
Hoy, la palabra ciudadano se deriva directamente de la ciudad de procedencia de una persona, sin embargo esta definición, per se, es incompleta. El orgullo y el tan enraizado sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo es el que preponderantemente ha ocasionado siempre un arraigo emocional en el ser humano. Fue así como nacieron las primeras distinciones entre regiones: no por territorio, sino por procedencia/pertenencia a un grupo social en particular que habitaba dicho territorio.
De ahí deriva el sentimiento y el principio de la ciudadanía como tal. El pertenecer a un lugar por lo que representa y por lo que nosotros, como miembros de esa comunidad, representamos ante el mundo. Hoy, cada comunidad (o estado, o ciudad, o país, o como se le quiera llamar) ostenta esa pertenencia que se dice única por generar un grupo de personas con valores y objetivos similares o comunes y que diariamente empujan, en equipo, a toda esa comunidad de alguna forma u otra. Ese es el verdadero concepto de ciudadanía. Mexicanos, en México, canadienses, en Canadá, portugueses, en Portugal, y así las ciudadanías continúan según los cánones establecidos en el mundo actual.
Ahora bien, el mundo actual difiere drásticamente al de hace tan sólo unos cuantos años. Cada vez la comunicación entre cada comunidad, algo que en vez otrora pareciera imposible, improbable, o bien, extremadamente remoto, es ahora un hecho cotidiano, en donde amigos de todas partes del planeta y de culturas (ciudadanías) totalmente distintas conviven a través de los medios informáticos cada día. Y aquí no hablamos necesariamente de familiares que hayan emigrado el extranjero, sino de extranjeros "de hueso colorado", totalmente distintos a nosotros, que de pronto están a nuestro alcance. Así hacemos, en México, amistad con alemanes, rusos, suecos, italianos e incluso japoneses. Es aquí donde empieza el fenómeno de "la mezcla".
La mezcla es también definible como "incorporación", y se da cuando un grupo social, ya sea por asimilación o por conveniencia para su comodidad o supervivencia, adopta costumbres o modos de otro grupo social. Paul Harrison, en su artículo "The Westernization of the World" ("La Occidentización del Mundo") habla sobre cómo más a menudo se percibe cómo otras culturas van, de manera cada vez más acelerada, adoptando modos y tradiciones de las culturas de occidente (Europa y Norteamérica, principalmente). Asimismo, Thomas L. Friedman, en su libro The World is Flat (El Mundo es Plano) comenta sobre cómo la revolución informática en el mundo a dado pie a la homologación de costumbres y servicios a través del orbe, tanto así que una llamada hecha en los Estados Unidos, puede ser contestada en la India, para resolver a su vez, un problema en China.
Ser ciudadanos del mundo implica reconocer que, a pesar de nuestra evidentes diferencia culturales, físicas y morales, existen precedentes claros de que podemos coexistir. Más aún, existen pruebas irrefutables que la homologación de costumbres y el nuevo mundo que ahora se nos presenta tanto a nuestro alcance, nos hace partícipes de él de una manera nunca antes vista, puesto que podemos opinar, formar parte y enterarnos de prácticamente cualquier cosa por cerca o lejos que esté. Replanteemos ahora el sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo que preponderantemente ocasiona un arraigo emocional en el ser humano que describimos al principio, y transmitámoslo hacia este planeta en su totalidad: es la tierra que nos vio nacer y que, a pesar de haber crecido en un pequeña parte de ella, sigue siendo un ente más grande que esa región en específico; tenemos costumbres de todas partes de ella y que nacieron en lugares que quizá aún no nos enteramos que existen; sabemos qué acontece en ella; formamos amistad con gente al otro extremo de ella; y además, SEGUIMOS VIVIENDO EN ELLA. Esa es una ciudadanía global/universal.
Me pregunto: ¿seremos capaces algún día de verdaderamente practicar este concepto?
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Twitter: @colosioriojas
Por Luis Donaldo Colosio Riojas
Desde siempre, estudios antropológicos han demostrado que el ser humano es un ser gregario por naturaleza, esto quiere decir que instintivamente buscamos la compañía y asociación con más seres como nosotros; entiéndase más seres humanos. Al principio comenzó con la familia, núcleo de toda sociedad, y el pilar base sobre el cual las primeras civilizaciones fueron tomando forma, ya que fueron grupos pequeños de familias que decidieron establecerse en un mismo sitio (o de manera conjunta cuando la vida sedentaria aún no existía), las que dieron pie a las primeras sociedades. Éstas, a su vez, formaron clanes, luego tribus, y posteriormente una población formal.
Hoy, la palabra ciudadano se deriva directamente de la ciudad de procedencia de una persona, sin embargo esta definición, per se, es incompleta. El orgullo y el tan enraizado sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo es el que preponderantemente ha ocasionado siempre un arraigo emocional en el ser humano. Fue así como nacieron las primeras distinciones entre regiones: no por territorio, sino por procedencia/pertenencia a un grupo social en particular que habitaba dicho territorio.
De ahí deriva el sentimiento y el principio de la ciudadanía como tal. El pertenecer a un lugar por lo que representa y por lo que nosotros, como miembros de esa comunidad, representamos ante el mundo. Hoy, cada comunidad (o estado, o ciudad, o país, o como se le quiera llamar) ostenta esa pertenencia que se dice única por generar un grupo de personas con valores y objetivos similares o comunes y que diariamente empujan, en equipo, a toda esa comunidad de alguna forma u otra. Ese es el verdadero concepto de ciudadanía. Mexicanos, en México, canadienses, en Canadá, portugueses, en Portugal, y así las ciudadanías continúan según los cánones establecidos en el mundo actual.
Ahora bien, el mundo actual difiere drásticamente al de hace tan sólo unos cuantos años. Cada vez la comunicación entre cada comunidad, algo que en vez otrora pareciera imposible, improbable, o bien, extremadamente remoto, es ahora un hecho cotidiano, en donde amigos de todas partes del planeta y de culturas (ciudadanías) totalmente distintas conviven a través de los medios informáticos cada día. Y aquí no hablamos necesariamente de familiares que hayan emigrado el extranjero, sino de extranjeros "de hueso colorado", totalmente distintos a nosotros, que de pronto están a nuestro alcance. Así hacemos, en México, amistad con alemanes, rusos, suecos, italianos e incluso japoneses. Es aquí donde empieza el fenómeno de "la mezcla".
La mezcla es también definible como "incorporación", y se da cuando un grupo social, ya sea por asimilación o por conveniencia para su comodidad o supervivencia, adopta costumbres o modos de otro grupo social. Paul Harrison, en su artículo "The Westernization of the World" ("La Occidentización del Mundo") habla sobre cómo más a menudo se percibe cómo otras culturas van, de manera cada vez más acelerada, adoptando modos y tradiciones de las culturas de occidente (Europa y Norteamérica, principalmente). Asimismo, Thomas L. Friedman, en su libro The World is Flat (El Mundo es Plano) comenta sobre cómo la revolución informática en el mundo a dado pie a la homologación de costumbres y servicios a través del orbe, tanto así que una llamada hecha en los Estados Unidos, puede ser contestada en la India, para resolver a su vez, un problema en China.
Ser ciudadanos del mundo implica reconocer que, a pesar de nuestra evidentes diferencia culturales, físicas y morales, existen precedentes claros de que podemos coexistir. Más aún, existen pruebas irrefutables que la homologación de costumbres y el nuevo mundo que ahora se nos presenta tanto a nuestro alcance, nos hace partícipes de él de una manera nunca antes vista, puesto que podemos opinar, formar parte y enterarnos de prácticamente cualquier cosa por cerca o lejos que esté. Replanteemos ahora el sentimiento de pertenencia a un lugar o pueblo que preponderantemente ocasiona un arraigo emocional en el ser humano que describimos al principio, y transmitámoslo hacia este planeta en su totalidad: es la tierra que nos vio nacer y que, a pesar de haber crecido en un pequeña parte de ella, sigue siendo un ente más grande que esa región en específico; tenemos costumbres de todas partes de ella y que nacieron en lugares que quizá aún no nos enteramos que existen; sabemos qué acontece en ella; formamos amistad con gente al otro extremo de ella; y además, SEGUIMOS VIVIENDO EN ELLA. Esa es una ciudadanía global/universal.
Me pregunto: ¿seremos capaces algún día de verdaderamente practicar este concepto?
El autor es fundador del despacho Basave, Colosio, Sánchez Abogados, y catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
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