Por Antonio Simancas.
Recuerdo que en tono de broma le decían a cierto conocido que él era “el hombre del mañana”, y no por que fuera vanguardista o ejemplo de progreso, sino porque todo lo dejaba para “mañana” y al día siguiente igual.
Posponer el arreglo de alguna cosa o situación que requiera atención y dedicación, es relativamente una práctica común en la vida cotidiana de las personas, en especial en nuestro México querido. Por eso no es de extrañar que el último día del plazo otorgado o propuesto para la solución el problema, no se diga el último día para realizar algún trámite, es justo cuando las personas entran en completo estado de alteración (stress) intentando “cumplir” con lo acordado o dispuesto…
Si no existe algún plazo determinado o acordado, las cosas o situaciones que demandan arreglo quedan en el abandono hasta que generan una molestia o incomodidad que afecta o impide el desarrollo de la vida cotidiana, o peor aún, cuando sucede una desgracia, y sólo entonces se pasa a la acción, como señala el refrán: “después del niño ahogado se tapa el pozo”.
La falta de previsión, no se diga la poca capacidad de planeación y la muy escasa exploración del futuro, son en la práctica un reflejo de los estragos que causa la urgencia que impone la inmediatez, y después la costumbre o el hábito, que terminan por generar una inercia que estanca toda posibilidad de mejorar o en su caso, de arreglar lo que no funciona adecuadamente; en otras palabras, se impone el sacrificio del futuro en aras de la comodidad presente.
Cada persona, como responsable de su vida, tiene la decisión de preocuparse y en su caso, ocuparse de su futuro, salvo cuando se es niño y entonces se depende los padres o tutores, quienes tienen la responsabilidad de velar por su futuro y para ello, proporcionan la preparación adecuada (o al menos lo intentan) que requiere un niño para llegar a la edad adulta de la mejor forma posible.
Cuando decimos que hay una política paternalista, como algunas que sobreviven, o peor aún que buscan reinstalarse en México, se plantea al Gobierno como el padre o tutor de la nación, responsable del futuro de los mexicanos en su conjunto, y lo que es más irónico, de cada mexicano en lo particular, y se interpreta de manera equivocada que el ciudadano deba dedicarse a sus asuntos y dejarle al gobierno los asuntos de la vida política del país.
Un gobierno paternalista tiene la “comodidad” para la sociedad de ser un proveedor universal de “soluciones inmediatas” a sus problemas, por lo que la mejor forma de obtener que dicho gobierno entregue apoyo a un sector de la sociedad es ejerciendo presión social, en especial por la vía de las manifestaciones públicas, causando incomodidades a terceros, y ni que decir de las marchas y plantones.
Al acceder a las presiones sociales, en este perfil paternalista, un gobierno corre el riesgo de sacrificar el futuro con tal de resolver la inmediatez, y si a esto agregamos que en un sistema de libre elección (elección democrática) lo que importa es mantener la simpatía de los votantes, el gobierno queda a merced de quienes son más capaces de ejercer presión social.
Bajo este enfoque paternalista, el futuro queda en manos de unos cuantos, que lejos de buscar el Bien Común, sólo buscan el beneficio personal, y dadas las condiciones del sistema político vigente en México, su interés es perpetuarse en el poder a partir del control de sus gobernados, empleando diversos modelos que como lobo con piel de oveja, intercambian apoyos por la voluntad popular, acondicionando el entendimiento de lo que debe ser la política y condicionando las preferencias electorales.
La tragedia en el Distrito Federal, con la prolongación del régimen paternalista que solapa el PRD, incluye el asunto de la inseguridad, que continuará aumentando y por tanto promoviendo la desintegración de la sociedad civil, así también están las políticas públicas (si es que se les puede llamar así) que sólo buscan mantener los niveles de pobreza urbana suficientes para sostener el discurso de la lucha de clases, que permitan tener alineado su “ejército social” condicionado por la entrega de apoyos y asolado por el riguroso control ciudadano que al mejor estilo socialista distingue a la autoridad local.
El clientelismo ha sido y será la base de la movilización electoral en la capital de México, por lo que generar sistemas que lo alimenten a favor del partido en el poder es y será el eje rector de los programas del Gobierno del Distrito Federal, manteniendo la dependencia económica, y sacrificando el futuro de los ciudadanos en aras del interés particular del PRD, que para muestra un botón, ha preferido distraer todos los recursos públicos de los que dispone para apoyar a su fallido candidato a la presidencia, en lugar de ocuparse no digamos de la transición gubernamental en el DF sino de plantearse la construcción del futuro de la Ciudad de México.
La codicia rompe el saco, la codicia política rompe las oportunidades hacia el desarrollo del futuro. Con ironía vemos el despilfarro de los recursos públicos en aras de la mezquindad y la avaricia política del PRD, con desconsuelo vemos como se pospone para “mañana” el arreglo de lo importante, porque lo único que parece urgirles es hacerse sentir presentes con un líder que está al borde de la locura.
Al final del día, la culpa no es del indio sino del que lo hizo compadre. El haber pospuesto la reforma política es lo que ha entrampado el proceso electoral mexicano del 2006 en una decisión milimétrica tomada por un tribunal, que a la luz de los que menos entienden de leyes, tal parece que trastoca lo que históricamente se ha vendido como la democracia: la voluntad el pueblo.
Pero también se ha pospuesto la justicia y la legalidad, no se diga en la Ciudad de México. Con simpleza vil se desdeñan a las instituciones, como se han desdeñado valores clave para el desarrollo de cualquier sociedad, y entonces, poco o nada debe de extrañarnos que con toda impunidad se malversen recursos, se empeñe la estabilidad, se polarice a la sociedad o se violente a las instituciones.
En tanto la urgencia impresa por las presiones, la avaricia y el deseo del poder, distraigan a México de su camino hacia el progreso, mientras se posponga lo importante bajo la decidida de decir “mejor mañana”, no habrá ni la más remota posibilidad de tener un mejor mañana para nuestros hijos.
El autor es Maestro en Administración Pública y Política Pública por el Tecnológico de Monterrey, Ciudad de México. Comentarios: asimancas@desarrolloysociedad.org
Recuerdo que en tono de broma le decían a cierto conocido que él era “el hombre del mañana”, y no por que fuera vanguardista o ejemplo de progreso, sino porque todo lo dejaba para “mañana” y al día siguiente igual.
Posponer el arreglo de alguna cosa o situación que requiera atención y dedicación, es relativamente una práctica común en la vida cotidiana de las personas, en especial en nuestro México querido. Por eso no es de extrañar que el último día del plazo otorgado o propuesto para la solución el problema, no se diga el último día para realizar algún trámite, es justo cuando las personas entran en completo estado de alteración (stress) intentando “cumplir” con lo acordado o dispuesto…
Si no existe algún plazo determinado o acordado, las cosas o situaciones que demandan arreglo quedan en el abandono hasta que generan una molestia o incomodidad que afecta o impide el desarrollo de la vida cotidiana, o peor aún, cuando sucede una desgracia, y sólo entonces se pasa a la acción, como señala el refrán: “después del niño ahogado se tapa el pozo”.
La falta de previsión, no se diga la poca capacidad de planeación y la muy escasa exploración del futuro, son en la práctica un reflejo de los estragos que causa la urgencia que impone la inmediatez, y después la costumbre o el hábito, que terminan por generar una inercia que estanca toda posibilidad de mejorar o en su caso, de arreglar lo que no funciona adecuadamente; en otras palabras, se impone el sacrificio del futuro en aras de la comodidad presente.
Cada persona, como responsable de su vida, tiene la decisión de preocuparse y en su caso, ocuparse de su futuro, salvo cuando se es niño y entonces se depende los padres o tutores, quienes tienen la responsabilidad de velar por su futuro y para ello, proporcionan la preparación adecuada (o al menos lo intentan) que requiere un niño para llegar a la edad adulta de la mejor forma posible.
Cuando decimos que hay una política paternalista, como algunas que sobreviven, o peor aún que buscan reinstalarse en México, se plantea al Gobierno como el padre o tutor de la nación, responsable del futuro de los mexicanos en su conjunto, y lo que es más irónico, de cada mexicano en lo particular, y se interpreta de manera equivocada que el ciudadano deba dedicarse a sus asuntos y dejarle al gobierno los asuntos de la vida política del país.
Un gobierno paternalista tiene la “comodidad” para la sociedad de ser un proveedor universal de “soluciones inmediatas” a sus problemas, por lo que la mejor forma de obtener que dicho gobierno entregue apoyo a un sector de la sociedad es ejerciendo presión social, en especial por la vía de las manifestaciones públicas, causando incomodidades a terceros, y ni que decir de las marchas y plantones.
Al acceder a las presiones sociales, en este perfil paternalista, un gobierno corre el riesgo de sacrificar el futuro con tal de resolver la inmediatez, y si a esto agregamos que en un sistema de libre elección (elección democrática) lo que importa es mantener la simpatía de los votantes, el gobierno queda a merced de quienes son más capaces de ejercer presión social.
Bajo este enfoque paternalista, el futuro queda en manos de unos cuantos, que lejos de buscar el Bien Común, sólo buscan el beneficio personal, y dadas las condiciones del sistema político vigente en México, su interés es perpetuarse en el poder a partir del control de sus gobernados, empleando diversos modelos que como lobo con piel de oveja, intercambian apoyos por la voluntad popular, acondicionando el entendimiento de lo que debe ser la política y condicionando las preferencias electorales.
La tragedia en el Distrito Federal, con la prolongación del régimen paternalista que solapa el PRD, incluye el asunto de la inseguridad, que continuará aumentando y por tanto promoviendo la desintegración de la sociedad civil, así también están las políticas públicas (si es que se les puede llamar así) que sólo buscan mantener los niveles de pobreza urbana suficientes para sostener el discurso de la lucha de clases, que permitan tener alineado su “ejército social” condicionado por la entrega de apoyos y asolado por el riguroso control ciudadano que al mejor estilo socialista distingue a la autoridad local.
El clientelismo ha sido y será la base de la movilización electoral en la capital de México, por lo que generar sistemas que lo alimenten a favor del partido en el poder es y será el eje rector de los programas del Gobierno del Distrito Federal, manteniendo la dependencia económica, y sacrificando el futuro de los ciudadanos en aras del interés particular del PRD, que para muestra un botón, ha preferido distraer todos los recursos públicos de los que dispone para apoyar a su fallido candidato a la presidencia, en lugar de ocuparse no digamos de la transición gubernamental en el DF sino de plantearse la construcción del futuro de la Ciudad de México.
La codicia rompe el saco, la codicia política rompe las oportunidades hacia el desarrollo del futuro. Con ironía vemos el despilfarro de los recursos públicos en aras de la mezquindad y la avaricia política del PRD, con desconsuelo vemos como se pospone para “mañana” el arreglo de lo importante, porque lo único que parece urgirles es hacerse sentir presentes con un líder que está al borde de la locura.
Al final del día, la culpa no es del indio sino del que lo hizo compadre. El haber pospuesto la reforma política es lo que ha entrampado el proceso electoral mexicano del 2006 en una decisión milimétrica tomada por un tribunal, que a la luz de los que menos entienden de leyes, tal parece que trastoca lo que históricamente se ha vendido como la democracia: la voluntad el pueblo.
Pero también se ha pospuesto la justicia y la legalidad, no se diga en la Ciudad de México. Con simpleza vil se desdeñan a las instituciones, como se han desdeñado valores clave para el desarrollo de cualquier sociedad, y entonces, poco o nada debe de extrañarnos que con toda impunidad se malversen recursos, se empeñe la estabilidad, se polarice a la sociedad o se violente a las instituciones.
En tanto la urgencia impresa por las presiones, la avaricia y el deseo del poder, distraigan a México de su camino hacia el progreso, mientras se posponga lo importante bajo la decidida de decir “mejor mañana”, no habrá ni la más remota posibilidad de tener un mejor mañana para nuestros hijos.
El autor es Maestro en Administración Pública y Política Pública por el Tecnológico de Monterrey, Ciudad de México. Comentarios: asimancas@desarrolloysociedad.org
1 comments:
La informacion está muy completa, disfruté mucho leyendo el post.
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