Thursday, June 29, 2006

Ya votamos, ¿ahora qué?...después del 2 de Julio…

Por Omar del Valle Colosio.

Ante el escandaloso “reality show electoral” que se vive en México, quizá sea más conveniente y divertido tomarle la palabra a Franklin Rover y tratar de explicar al México actual desde la perspectiva del fútbol; no obstante, tomo riendas para comentar sobre los acuerdos y el activismo político después del 2 de julio.

Existen temores dispersos. En México asusta más el escenario político que Megan poseída en la cinta del exorcista. Algo es cierto, cuanta mayor información tenemos, mejores decisiones hacemos. La falta de información, o mejor dicho, la distorsión informativa ha sido una de las principales causas de la generación de temores y de la polarización ideológica. Sin embargo, el peor de los miedos a los que México se puede enfrentar en este proceso electoral y a su paso, es a la falta de conciencia política y al activismo político infantil, al abandono de consensos, y a dejar en las astas del toro el rumbo y dirección del país.

El principal balance en nuestro sistema político no recae solamente en los poderes de la federación, ni en las estructuras institucionales, recae también en la ciudadanía, en el activismo social. Dejo claro que dicho activismo no implica la movilización social, sino el entendimiento de las formas políticas para influir en los procesos de políticas públicas.

La dinámica es sencilla. Para los politólogos Karl y Schmitter, una de las condiciones que permiten a un gobierno introducir nuevas políticas públicas y nuevos estilos de gobierno es que logren acumular suficiente poder y autoridad para impulsar las reformas necesarias. En nuestro “reality”, ganando el próximo presidente con un poco más de un tercio de los sufragios, se aseguran dos cosas: la diversidad política pero también una gobernabilidad insuficiente.

Para lo primero, la magnanimidad de la libertad de asociación de ideas y grupos permite que en la nación coincidan nuestros afanes y la representación de distintas ideas y propuestas. Lo significativo es obtener de tal mixtura política, la estructura sobre la cual se base nuestro sistema político. Por otra parte, en el segundo resultado, la falta de gobernabilidad genera una estructura política endeble y con ello altas probabilidades de prorrogar las parálisis políticas.

Tal como ha sucedido en estos últimos años, la falta de acuerdos debilita tanto al avance institucional como a la generación de políticas públicas eficaces. Ante una alta probabilidad de que se presente el mismo escenario, queda en el aire la coyuntura de la participación cívica para lograr el México que queremos.

La participación cívica se presenta dualísticamente. Por un lado, aunque la participación de la sociedad civil es determinante para el desarrollo de la “democracia”, según Diamond, una sociedad civil demasiado beligerante y en búsqueda de privilegios particulares para sus diversos grupos y asociaciones puede derribar al gobierno con la diversidad y magnitud de sus demandas. Para un nuevo gobierno, comenta, la participación social puede resultar muy desestabilizadora sobre todo si ésta es contestataria y/o no está canalizada en instituciones.

Por estos motivos, en México observamos lo lacerante del activismo de los habitantes de San Salvador Atenco y de los profesores en Oaxaca, o el inmundo activismo de los consorcios de las telecomunicaciones influyendo las leyes de televisión y radio. En este sentido, para consolidar las reformas democráticas que se intenten iniciar en el nuevo gobierno, éste necesita un mayor acercamiento con la ciudadanía, ya que sin su colaboración y cooperación, resulta complejo consolidar nuevas prácticas políticas.

De quienes llevan la delantera en la carrera electoral, sin duda sus promesas se han fortalecido con la movilización social, con la edificación de células territoriales que les permiten esparcir el mensaje localmente. Sin embargo, si fallan en canalizar la participación cívica, una vez consumado el triunfo político, se exhibe el mismo problema descrito anteriormente. Por otra parte, quienes resulten no favorecidos electoralmente, requieren hacer la misma dinámica.

En esta dualidad, la participación cívica debe examinar el modo de hacer el balance de gobierno para soslayar la parálisis política y debe fungir como principal gestor del balance entre poderes. Razones suficientes para evitar los mismos errores cometidos en estos años.

Se debe reconocer, cierto, la existencia de una mejor organización social, la cual tiende a solidificar y fortalecer su voz y acción; sin embargo, en términos de participación social, México dista de lo que necesitaría para lograr los balances. Entonces es necesario analizar qué harán todas las células de trabajo, comités, agrupaciones, etc. que hoy se hallan en campaña después del 2 de julio; qué hará cada uno de nosotros para continuar la transición política de México hacia un sistema de instituciones más efectivas, donde se evite la parálisis política, pero también un sistema en el cual la indiferencia sea combatida.

Independiente de quién resulte electo en la próxima elección, el problema que no lograremos evadir será la inactividad posterior de los grupos de perdedores y ganadores. Así sucedió hace seis años. Ganó Vicente Fox, perdieron Labastida y Cárdenas, se escuchaba el pregonero de “Muchachos, vámonos, esto ya está listo”, como diciendo, ya no tenemos más qué hacer.

¿Por qué no debemos cometer el mismo error? Por el estricto hecho que no existe organización social perfecta y el Estado no lo puede todo. Mientras que Hobbes hace abdicar definitiva e irrevocablemente a la soberanía individual en el poder del Estado, Russeau hace que los individuos participen del Estado en la medida en que éste es concebido como la institucionalización de la sociedad.

En México, la anterior relación Estado-Individuo dista de tal concepción, pero hemos avanzado. Por tanto, la participación social debiere buscar el sometimiento del Estado en la institucionalidad para brindar pesos y contrapesos, el balance de poderes y generar un buen gobierno. El Estado en México es débil ante la diversidad política y la poca gobernabilidad. Por ello, también el Estado debe buscar la resolución de su conflicto Estado-Ciudadano a través de la generación de mejores consensos.

En resumidas cuentas, el Estado debe usar su estructura y racionalidad para buscar un contrato social en el que funja como mediador ante la diversidad política y obtener suficiente poder político para gobernar y administrar el desorden.

Bien, las leyes constitucionales y la aplicación de las mismas son el instrumento mediador para facilitar al Estado de gobernabilidad y al mismo tiempo administrar su autorregulación. Esta combinación es ineludible pues el Estado está compuesto por hombres “racionales”, que como dice Russeau, también son corrompibles.

Por eso la relevancia del activismo después del 2 de julio. Aún cuando el Estado la promueva, la sociedad civil puede también ejercer su capacidad para proponer el “contrato social”. Y es que uno de los principales componentes del contrato es que el ciudadano cede sus poderes al Estado para que éste genere así la voluntad general. Pero en México, la voluntad general está polarizada, además de que el ciudadano continúa siendo súbdito y no ciudadano pleno.

El contrato social no implica la renuncia a la libertad política. Los deberes y derechos del hombre no pueden quedar al margen de la libertad. Por ello, la relación ciudadano-súbdito del Estado no debe privarse o ser privada de sus fuerzas inertes. El activismo sociopolítico generará en México las condiciones para imponer la voluntad general, así se presenta la necesidad de continuar promoviendo la competencia política para someter al Estado a un esquema de leyes e instituciones. Por eso, que la CROC haya diseccionado su voto es un oprobio. ¿De qué privilegios goza la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos para imponer el interés político de sus líderes sobre sus integrantes? Absolutamente de ninguno.

No obstante las premisas de consenso del contrato social, éste debe favorecer a un México premiante del esfuerzo, un México justo con quien trabaja honestamente, un México que crimine y penalice al ladrón, al gandaya, al corrupto, etc. Debemos continuar en la construcción de una república sincera. En México no podemos darnos el lujo de seguir tendiendo lazos clientelares y paternalistas; es la hora de poner en orden al Estado, sujetarlo en un esquema más riguroso de leyes y vigilarlo. Por ello la motivación del activismo sociopolítico después de la elección.

Requerimos construir un gobierno social y demócrata que reconozca la importancia de un Estado eficiente y más pequeño. Un gobierno que atienda la regulación del mercado y corrija sus fallas. Un gobierno que administre las riquezas y sea más eficaz en la distribución del ingreso. Uno que ofrezca estabilidad política y económica. Un gobierno sabio que permita el desarrollo empresarial a través del rediseño fiscal para impulsar la inversión y del establecimiento de nuevas relaciones con los sectores empresariales del país para promover la gobernabilidad y responsabilidad social corporativa. Un gobierno que respete y haga valer los derechos humanos en territorio nacional primero y después en su posición en las Naciones Unidas; un gobierno que reforme y fortalezca la repartición de justicia, uno que promueva la equidad de oportunidades, que premie la perseverancia y recrimine la pereza y al conformismo. Un gobierno que construya nuevos lazos con la sociedad, lazos de concordia y corresponsabilidad, lazos de transparencia y rendición de cuentas.

No podemos seguir promoviendo la ineficiencia pública. En México no estamos para sostener al mediocre y conformista, no debemos continuar manteniendo a quienes buscan vivir del esquema público, de lo que tú pagas. En nuestro México no podemos tolerar la injusticia, la arrogancia del Estado y la manipulación de las masas. En México no encontraremos Mesías. En México no necesitamos de caudillos, no necesitamos de la retórica política ni de la demagogia. México no debe permitir que los nuevos gobiernos continúen fortaleciendo viejos esquemas de poder ni que construyan nuevas distorsiones políticas y económicas.

¡Ya basta! Es la hora de que se caiga el telón de este teatro. Después del 2 de julio es necesario continuar construyendo a México, nadie debe regresar a su esquema “natural”.


El autor es Presidente y Fundador de Esfuerzo Social Cotidiano de México, AC. Maestro en Políticas Públicas de la Universidad de Georgetown y Economista del Tecnológico de Monterrey. Comentarios:
ofd@georgetown.edu

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