Tuesday, May 16, 2006

Nuestros Tiempos

Después del 5-1
Por Ernesto Castañeda.

La organización de la marcha del 1 de Mayo fue organizada a través de redes sociales más que por un comité central, por lo que tuvo muchos líderes y grupos participantes. Varios de los costos fueron absorbidos por sindicatos y organizaciones comunitarias. Sin embargo, la contribución más importante fue el tiempo que cada uno de los participantes le dedicó a estas demostraciones.

El dejar de comprar productos porque algún sector no asume su responsabilidad social es un fenómeno que tiene varios años de practicarse y nos recuerda el boicot a las uvas de California en los 60s y al boicot contra Sudáfrica durante el régimen segregacionista. Más que encontrar una cantidad mágica de lo que se dejó de producir ese día, el mensaje fue cualitativo y suficientemente claro. La realización de “un día sin migrantes” buscaba mostrar qué pasaría si millones de nuevos migrantes no estuvieran en el país. Es claro que muchos trabajos y servicios simplemente no se podrían llevar a cabo o subirían de precio por falta de mano de obra.

En los últimos años hemos visto escalar la lucha mediática entre aislacionistas americanos y grupos de inmigrantes, los cuales tanto en el imaginario colectivo como numéricamente, son en su mayoría latinos y especialmente mexicanos. A pesar de que algunos en la derecha americana buscan estigmatizar y amedrentar a los mexicanos con ocasionales redadas y milicias, los paisanos no les siguen el juego y salen a las calles ondeando banderas americanas y mexicanas mostrando con alegría que son mexicanos pero no por eso enemigos de los estadounidenses. De igual manera en la marcha del primero de Mayo en Nueva York vimos banderas brasileñas, colombianas, ecuatorianas, guatemaltecas, salvadoreñas, así como de países africanos y asiáticos. A pesar de sus muestras de nacionalismo, estas personas viven y trabajan en Estados Unidos por circunstancias más allá de su control y están, por fin, listos para manifestarse públicamente en contra de un sistema por demás injusto donde se les contrata rápidamente, se les paga poco y se les hace arriesgar la vida con el afán de pretender que la frontera está controlada y vigilada. A pesar de pagar impuestos, consumir, trabajar arduamente y vivir decentemente, los inmigrantes sin papeles andan por las calles con el temor de que en cualquier momento los vayan a deportar y separar de sus trabajos, familias y amigos.

Esta hipocresía generada por un status quo donde la sociedad americana se beneficia del sistema mientras que las familias de los migrantes sufren a diario, debe de terminar pronto. Los americanos promedio lo saben, sin embargo veían al otro lado, lo mismo que los gobiernos de México en administraciones pasadas. Los inmigrantes mismos tenían mucho miedo y temían manifestarse abiertamente. Sin embargo, este silencio auto-impuesto ha sido roto, y lo más irónico es que no han sido las víctimas las que han dado el primer grito, sino los opresores que se quejan de que son muchos y de que ¡es mejor echarlos porque el gobierno debe proveerlos de servicios básicos cuando es necesario!

Así en esta dialéctica, esta voz surgió a partir del ataque de grupos en la extrema derecha en este caso liderados por el diputado Sensenbrenner, heredero de la firma Kimberly Clark. Afortunadamente los representantes están divididos y esa indecisión ha creado la necesidad de que los afectados en una inminente ley sean más pro-activos.

Grupos de inmigrantes han sido estigmatizados y usados como chivos expiatorios en el pasado, sólo basta estudiar la historia americana para ver que todos los grupos han pasado por esto. El caso en contra de los mexicanos se ha visto antes, sobre todo en California donde Pete Wilson lanzó una fuerte campaña xenofóbica que después de una gran lucha fue ganada por los latinos. Sin embargo, el problema es federal y tiene que ser resuelto en Washington.

Demagogos de la derecha que apelan a los sentimientos nacionalistas y los miedos que resurgieron después de 9-11, sumados a un angustia generada por una economía estancada afectada por la inflación, la devaluación y déficits gubernamentales y comerciales. En el pasado atacar a los migrantes ha servido como una gran distracción de problemas nacionales que tienen otras causas.

La excusa de que es mejor no quejarse, no vaya a ser que se enojen en el senado, no es válida ya que la facción conservadora republicana esta afanada en criminalizar a muchísima gente cuyo único crimen es estar atrapada en una dinámica que los lleva a trabajar sin el permiso de la oficina de seguridad nacional a pesar de que no presentan ningún peligro para el país. Uno de los mal entendidos es culpar a los migrantes de querer cantar el himno en español, algo que no está en sus prioridades sino en el interés de una compañía de discos.

Como en cualquier movimiento social, fueron muchos los incrédulos, críticos y temerosos, incluso la mayoría de los migrantes prefirieron seguir en las sombras, en su situación de docilidad y humildad total. Sin embargo, cerca de 2 millones de personas salieron a las calles a participar en el liberalismo americano que critica la diferencia pero permite la libertad de expresión.

Lo que se debe hacer es ignorar a los extremistas como los minutemen y los Lou Dobbs (quien por cierto me recuerda al personaje mediático de V for Vendetta), y hay que solidificar el apoyo de la mayoría de la población americana que sabe que los mexicanos son gente decente y trabajadora y que están de acuerdo en alguna solución pero no encuentran la manera de decirle a sus representantes en el congreso, que son quienes deben de proveer una solución responsable pronto.



El autor es estudiante de Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Columbia en la Ciudad de Nueva York. Comentarios:
ec2183@columbia.edu

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