Monday, January 16, 2006

El Muro de la "Vergüenza"

Por Alejandro Bahena.

Mucho se ha hablado ya del muro que pretende construir nuestro vecino del norte -Los Estados Unidos de América- en su frontera sur con Los Estados Unidos Mexicanos; mucha habladuría en cuestión de derechos humanos, politiquería, e insensatez de nuestros representantes. Claros son los motivos políticos del desacuerdo mexicano con respecto a la iniciativa estadounidense. Sin embargo, cabe destacar que entrometerse en los asuntos internos de un país es atentar contra su soberanía -impacte o no a nuestra nación-, y más porque el asunto en cuestión cabe en el legítimo derecho que tiene un país de proteger su seguridad nacional. Dada la relevancia del tema, nuestro vecino del norte tiene, no el derecho, sino la obligación de ejercer todo el poder que en sus manos se deposita (otorgado por la ley), y por ende impedir que la ilegalidad siga floreciendo cada vez que un mexicano cruza la frontera norte (de nuestro país) sin tener sus documentos en orden.

Y es que al gobierno mexicano se le hace fácil pasar por alto la ilegalidad de los millones de “paisanos” que se encuentran ya en Los Estados Unidos de América (y de aquellos que siguen cruzando año tras año la frontera norte de nuestro país), argumentando que con la construcción del muro se violan los derechos humanos de los mexicanos, ya que incurrirán en mayores costos al “tramitar” su traslado con un “pollero”, y que un creciente número de indocumentados sucumbirá en el intento (debido al inminente riesgo que presuponen las “nuevas técnicas” para cruzar la frontera amurallada). Obviamente, eso es lo que desea el país del norte (hacer más difícil la entrada ilegal a su país -cueste lo que cueste-), y es lo que desearía cualquier nación, estado, o ciudad que ve amenazadas su integridad y soberanía al ser invadida por agentes extraños a su propia naturaleza, con una cultura distinta, acarreando quién sabe que enfermedades, y trayendo consigo pobreza y costumbres extrañas. Por si fuera poco, no contentas con haber “infectado” el “ecosistema”, estas personas despojan a los oriundos de sus trabajos -y no incurramos en la “estupidez” de nuestro Sr. Presidente, al decir que los mexicanos hacen trabajo que ni los “negros” quieren hacer, porque claro está que lo que hacen los ilegales no es hacer el trabajo que otra persona no realiza, sino abaratar el costo de la mano de obra de la población originaria de la región; tal como ocurre cuando un marroquí entra de ilegal a España, o un turco a Alemania, o bien un mexicano, llámese potosino, mexiquense, oaxaqueño, chiapaneco, etc., etc., al cruzar las fronteras malamente no vigiladas de Nuevo León-. Miles de Neoleoneses pediríamos a gritos a nuestro gobierno estatal un “Muro de la Vergüenza”.

En realidad, solapar la ilegalidad es algo a lo que el gobierno mexicano está acostumbrado, y es por eso que la corrupción reina en nuestras tierras. Parece absurdo pedir que no se le impida cruzar la frontera a un inmigrante ilegal (o no complicarle el recorrido). Es como si un criminal matase a una persona y al ser perseguido por la policía muere a tiros. Corrió el riesgo de ser un delincuente, al igual un “mojado” (o “wetback”) -como se les llama despectivamente- al cruzar la frontera. Que corra el riesgo de su inminente crimen, cruzar de ilegal a Los Estados Unidos de América. Si muere, él tendrá la culpa, o más bien, ¿quién la tiene: el “wetback” al cometer el acto delictivo, o el gobierno mexicano al no crear las oportunidades para que esta persona se desarrolle en el país? Quizás la culpa la tenga el gobierno. Sin embargo, intenta desviar la atención de su imprudencia atacando vía derechos humanos a los constructores del muro, ¡Que tontería! ¿Por qué no destinar esfuerzos y recursos en la negociación de un pacto migratorio? ¿Por qué intentar impedir la construcción del muro? Hagamos a un lado lo que es políticamente rentable, y tomemos lo que es rentable económicamente, legal, y justo para ambas naciones. Dos cosas deben quedar claras: Los Norteamericanos están en todo su derecho de construir un muro para no dejar entrar ilegales a su territorio, ¿Por qué? Porque además de los factores que se han mencionado anteriormente, estas personas no pagan impuestos sobre el ingreso (entre otros) ni derechos, sustento de todo gobierno. México debe concentrarse en crear oportunidades para los mexicanos (sobre todo) y tratar de establecer un pacto migratorio de tal manera que algunos puestos laborales en el país del norte sean cubiertos por mexicanos, pero de ninguna manera solapando la ilegalidad y yendo más allá de las leyes y de lo permitido por la soberanía de las naciones.

Y es que el debate del muro tiene implicaciones nacionales que pueden ser discutidas y observadas tangiblemente. El que emigra a Los Estados Unidos de América no es el más pobre dentro de los pobres -y esto está comprobado por investigadores dedicados al tema de desarrollo social-. Por lo tanto, vive en la ilegalidad dentro del país, porque si tuviese todo en regla, bien podría tramitar al menos un pasaporte, y no pasar todas las peripecias que enfrenta un “mojado” al cruzar la frontera. Esta persona no contribuye al bienestar de la nación, vive violando la ley dentro del territorio mexicano, y no obstante estos hechos, el Gobierno de México pretende hacerle más sencillo su tránsito hacia nuestra vecina nación del norte. Se dice que estos “mexicanos” contribuyen al país enviando remesas a sus familias, pero precisamente lo hacen por eso, porque sus familias lo demandan, no porque quieran hacerle un bien a la República.

Oponerse a la Ley Sensenbrenner, que contempla la construcción de un muro de mil 123 kilómetros a lo largo de la frontera, significa vivir en la ilegalidad como lo ha hecho desde sus inicios el pueblo mexicano. Hasta nuestros gobernantes lo hacen. Muchos de ellos -casos muy sonados- se han servido con la cuchara grande, han estado inmersos en la ilegalidad y, sin embargo, la impunidad que reina en México los ha liberado de toda culpa; así como ahora libera de toda culpa a los emigrantes. Ellos, al final, quizás no tengan la culpa de buscar oportunidades fuera de un país que no se las ha proporcionado, pero que sirven de instrumento para proyectarnos a la esfera global como una nación que ni siquiera puede ocuparse de los suyos, y que pretende pregonar las fallas de su sistema más allá de sus fronteras, convirtiéndonos en un Estado detestable a los ojos del primer mundo.



El autor es Maestro en Administración Pública y Política Pública por la EGAP-ITESM. Comentarios:
abahenap@yahoo.com

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