Wednesday, December 21, 2005

Dejarlos ir

Por Antonio Simancas López.

En ciertas “civilizaciones” antiguas optaban por la eliminación de quienes consideraban como los más débiles o feos. Así, los espartanos arrojaban a sus hijos recién nacidos al mar y sólo los que lograban nadar para salir se mantenían con vida. Los hombres nube, en tiempos prehispánicos, abandonaban a sus recién nacidos si tenían algún defecto físico, lo que garantizaba no sólo la supervivencia de su gente, sino su buen aspecto…

En estos tiempos resultaría una crueldad, y un atentado contra los derechos humanos semejantes prácticas, y dicho sea de paso, las condiciones del hombre no son como las de los animales dada su capacidad de raciocinio. De tal suerte que más relevante que la condición o apariencia física, está la fortaleza de las ideas, y mejor aún, la espiritualidad.

Imposible imaginar que hubieran rechazado a Napoleón en su ejército sólo por ser de corta estatura, o que se hubiera impedido a Chávez ser presidente por feo (quizás por otras causas, pero eso ya fue decisión de los venezolanos). Desafortunadamente, al orden natural se agregan otras causas de discriminación o eliminación más complejas y en algunos casos decisivas para el progreso, o no, de nuestras actuales sociedades.

El asunto, en términos ideales, es que cada sociedad identificara, o al menos retuviera en su imaginario colectivo, qué situaciones o condiciones resultan ser lastres, estorbos u obstáculos para el desarrollo y crecimiento social, y que por tanto debieran ser eliminados o desechados. Así, por ejemplo, resulta evidente que las leyes contemplen que los criminales sean encerrados en una cárcel; o bien, la intervención del estado cuando se presentan fallas de mercado.

¿Cuáles son los lastres del México del 2006? ¿Hasta dónde podemos mejorar si consentimos se mantengan los mismos estorbos de siempre? ¿Qué debemos hacer para hacer a un lado los obstáculos que nos detienen? Así como en remotos tiempos se privilegiaba el beneficio de la colectividad por encima del interés particular, sin llegar a los extremos que atentan a los derechos básicos del ser humano, es importante entender y perfilar la acción colectiva, hacia la paulatina eliminación de prácticas y otras situaciones que impidan el adecuado desarrollo social.

La sociedad mexicana, a estas alturas del nuevo milenio (2005) pareciera en últimas fechas discernir entre dos amplios polos, uno que quiere deshacerse de las viejas prácticas políticas que impiden el crecimiento y desarrollo del país, y otro que quiere deshacerse de quienes impulsan nuevas prácticas y políticas: nuevas formas de hacer política.

En el medio, se encuentra el gran grueso de la sociedad, la mayor parte desorganizada y por tanto sin capacidad de ejercer presión política, que igual se debate entre resolver la urgencia de lo presente o bien, atender la importancia de lo futuro.

Revisar con claridad las circunstancias, la perspectiva de los acontecimientos cotidianos en contraste a las prospectiva y visión de futuro, no es una tarea sencilla, mucho menos habitual en los mexicanos de las últimas décadas.

Al parecer, nuestro origen educativo, cultural y de acción, nos mantiene encallados en los viejos paradigmas que dieron sustento al régimen político autoritario, controlador y centralista del siglo pasado. Quizás apenas las nuevas generaciones tengan mayor oportunidad de sacudirse de los lastres que generan este sistema de falsos valores, mitos y paradigmas del pasado
por demás arcaicos, caducos y lacerantes para el país.

Así también, pareciera pedir peras al olmo, si pensamos que quienes se encuentran al mando de los grupos, organizaciones e instituciones que privilegian los viejos sistemas, o peor aún, que buscan reinstalarlos como medida desesperada para hacer valer su perspectiva de la sociedad mexicana, pudieran cambiar de pensamiento, actitud o visión.

Valdría más dejarlos ir, pues como versa el dicho “más ayuda el que no estorba”, y quizás sólo así habría posibilidad de que con renovada juventud demos paso a nuevas formas de definir y construir a la nación. No es posible que quienes subsisten hoy en las cúpulas del poder, a partir no de su valor intrínseco como personas valiosas para el país, sino por la circunstancia que les permitió acceder al poder, con dificultad podrían sobrevivir en un sistema en que la política predominantemente se ejerciera mediante políticas públicas.

El depuramiento de las dirigencias de las estructuras sociales, en especial de las organizaciones, tanto las relativas al Estado como las que no, es decir, la transformación de las élites, difícilmente se podrá hacer de la noche a la mañana;
requiere de tiempo y de un afianzamiento real en el imaginario colectivo de las personas. Salvo un intento de hacer tabla rasa, ya sea mandándolos al paredón o exiliándolos, situación que sería tanto como una limpieza racial o étnica, que atenta a los derechos de las personas.

En cambio, un proceso que parta de la toma de conciencia, la organización desde abajo para instrumentar una cohesión social, quizás podría tener mejores condiciones para habilitar mecanismos de depuración que permitan en primera instancia aislar los obstáculos, para posteriormente eliminarlos en definitiva. Este espacio de maniobra permitiría mejorar tanto los procesos de formación de la agenda, en virtud de que se eliminarían prejuicios hacia ciertos temas, así como
la implementación de políticas públicas, al reducir los posibles estorbos que impidan el flujo adecuado de las políticas.

Mantener los mismos liderazgos que prácticamente se han eternizado en el poder sólo genera lastres para el desarrollo y el crecimiento de la nación. Ya son anacrónicos, ya no funcionan para el nuevo México que quiere despertar y salir de la mediocridad. Así que no tiene caso insistir en sostenerlos, aunque en el corto plazo esto parezca tentador para el Estado.

La seducción hacia el Estado de estos liderazgos anquilosados en los vértices más complicados del entramado nacional, parece sostenerse en la posibilidad de conducir con tranquilidad al país, pues representan la capacidad de control que seguramente debe necesitarse para desactivar cualquier posibilidad de estallido social. Y estas aristas se encuentran en diferentes sectores, ámbitos y lugares del quehacer político del país, desde las estructuras de gobierno, los partidos políticos y la élite dirigente, hasta los grupos sociales, de empresarios e incluso asociaciones intermedias y ONG’s.

Y si bien el Estado cree tener el control por considerar que tiene en su mano, de una manera u otra a estos líderes, es posible que le esté pasando lo mismo que a algunos monos (changos) que son cazados en Asia de la siguiente forma: colocan dentro de una jaula pequeña un fruto, tal que le permite al mono introducir su mano para agarrar el fruto, más no le es posible sacarlo. El mono termina por aferrarse a su fruto, creyendo que lo tiene y que no va a venir otro chango a quitárselo, pero quien termina llegando, al paso de horas o días, es el cazador que no tiene más que tomar al mono y echarlo en un costal.

Así, sociedad y Estado podemos seguir aferrados a los liderazgos de siempre, a las viejas ideas, a los arcaicos paradigmas, creyendo que eso nos da control, cuando en realidad sólo estamos a merced de lo que creemos controlar, y que al paso del tiempo sólo significará nuestra propia ruina. Por tanto, quizás lo mejor es soltar eso a lo que estamos aferrados, pues en estos casos, como los malos pensamientos, es mejor dejarlos ir, aunque quizás con el tiempo, la historia nos tache hasta de inhumanos…



El autor es Maestro en Administración Pública y Política Pública por el Tecnológico de Monterrey, Ciudad de México. Comentarios: asimancas@desarrolloysociedad.org

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