Tuesday, November 15, 2005

Muerte o cambio

Por Antonio Simancas López.

La muerte, en sus diferentes concepciones, nos habla de una pérdida, quizás de una vida, de un sistema o de alguna máquina. También se puede referir a una situación, pues cuando se usa coloquialmente un “hay muere” equivale a olvidar el asunto, a dejarlo en santa paz. La muerte tiene una connotación muy especial en la vida espiritual de las personas, y ha sido menester de las diversas religiones humanas darle un tratamiento especial según el caso.

En México, la fusión cultural de la religión católica traída por los españoles y la mezcla de religiones prehispánicas, generó una veneración especial por la muerte, con humor, a veces con solemnidad, y hoy día con muchas “tradiciones”, que se conservan más por costumbre que por alguna significación simbólica, y que permiten, al menos a la burocracia, tener un día de asueto más en el calendario laboral.

La muerte también tiene un significado especial en los procesos de cambio. La oruga, por ejemplo, debe morir para que ocurra la metamorfosis que le permita convertirse en mariposa. Entonces, la cúspide de un cambio es la muerte del estado anterior para que tenga cabida el nuevo estado.

Cuando se cambia una ley, es otro ejemplo. La ley anterior tiene que “morirse”, por tanto es “derogada”. Sólo así se manifiesta la realidad de un cambio, aunque existen casos muy curiosos como la derogada Ley del Seguro Social de 1973 que aún sigue siendo reformada por algunos entusiastas legisladores.

Quienes han visitado la isla de Cuba se habrán encontrado con gigantescos letreros con la leyenda “MUERTE O COMUNISMO”. Y si bien algún cubano habrá preferido la muerte, seguramente primero “le recetaron” una buena dosis de comunismo. El asunto es que la frase no deja mucha opción, pero el objetivo es claro, hay que “matar” cualquier idea distinta a lo que el gobierno cubano desea como régimen.

En México no hemos visto nada parecido, ni siquiera a raíz del año 2000 en el que un político ajeno al PRI se hizo con la presidencia de la República, e incluso se le caricaturizó como el meteorito que acabó con los dinosaurios del viejo régimen. Nada más lejano a la realidad. El dinosaurio no murió, pero lo más preocupante es que tampoco acabó del todo el antiguo régimen político.

Al parecer la mayoría de los mexicanos tuvo claro que ya no quería al PRI en “Los Pinos”, la residencia oficial del Presidente. Pero no hay tal claridad al momento de reconocer al nuevo régimen, quizás porque el Presidente Fox señaló que era un sexenio de transición, sea lo que signifique esto.

Una interpretación posible sería que ni se mató a la oruga ni nació la mariposa, y entonces estamos en ese breve instante de la agonía de la muerte, que lleva ya 5 años y que va rumbo al fin de sexenio con toda calma y tranquilidad, agotando la paciencia de quienes esperan con ansias ver el primer vuelo de la mariposa.

Otra interpretación puede ser que como la oruga no se murió del todo, la mariposa que habría de surgir no lo hizo como debiera, y sus alas no se desarrollaron lo suficiente para levantar el vuelo con semejante oruga de más de 70 años de edad, como lastre. Todo un bodoque difícil de transformar en cinco años.

Una interpretación muy alegre es que sí murió la oruga y la mariposa levantó el vuelo, pero nadie es capaz de reconocerlo, resultado del resentimiento anidado durante décadas en los fríos corazones de los mexicanos.

En mi opinión, creo que en México se requiere no sólo de un cambio en “Los Pinos” o en algunos sectores del gobierno. El cambio, o mejor dicho EL CAMBIO (con mayúsculas) implica la transformación social de los mexicanos, y en tal terreno poco o nada se ha visto. Dicho con otra metáfora, “una golondrina no hace verano”. Un par de mariposas no representan la metamorfosis del México que estamos esperando ver como nuestro futuro deseable.

Siguiendo con la metáfora de la oruga-mariposa, una gran cantidad de mexicanos sigue en la comodidad de ser oruga, ya sea porque se oponía al cambio, o porque es mejor esperar a ver qué pasa. También aquellos que vociferaron y celebraron el cambio en el 2000, a la hora de que había que meterse en un capullo para “matar a la oruga”, perdieron el entusiasmo.

Fue así que en lugar de matar a la mentira, a la desconfianza, a la improductividad, al ocio, a la llamada “tranza” y a muchas otras prácticas que deterioran al país y que atentan contra el desarrollo y la cohesión social de los mexicanos, sólo pusimos atención al “capullo” del señor presidente y sus allegados. Los pocos que decidieron iniciar un cambio se encontraron con que México sigue “atestado de orugas”, y si bien hemos disfrutado del vuelo de grandes ejemplos, como la selección mexicana sub-17, la mayoría sigue incrédula ante las posibles virtudes de transformarse.

El cambio empieza por uno mismo. Es imposible cambiar a los demás, pero sí es posible cambiarse a uno mismo. Empezar con el cambio interno es la metamorfosis inicial para poder matar a la oruga y dejar nacer a la mariposa. El principio del cambio empieza en mí. Y sólo entonces hay posibilidades de expandirlo.

Bajo esta perspectiva, también es posible ver que si bien, poco o nada podemos incidir en las decisiones del señor presidente, mucho sí podemos hacer con lo que está a nuestro alcance: nuestra casa, nuestra familia, nuestra calle, nuestra colonia. Luego entonces, ¿por qué estamos más interesados en asuntos en donde no tenemos injerencia y dejamos de lado en donde sí la tenemos?

Las políticas públicas son un síntoma del cambio deseable que requieren de la muerte de los viejos paradigmas para abrir paso a un nuevo sistema de ejercicio democrático. No se trata de un vacío de poder, como insisten algunos analistas casados con el pasado, sino de una manera novedosa, al menos para este país, de ejercer el poder público a través de políticas públicas.

La falta de políticas públicas ocasionó en las décadas pasadas una pésima toma de decisiones que arrojó devaluaciones, crisis económicas, debilitamiento del sistema de valores de las familias, inseguridad, violencia, decadencia y un desmoronamiento continuo de las instituciones que daban cohesión a la sociedad.

Lo que a muchos mexicanos pareció ofensivo es que el gobierno decidiera, por ejemplo, adquirir una enorme deuda externa de manera unilateral, so pretexto de “salvar al país”, puesto que el régimen anterior sólo ejercía un poder público concentrado de manera excesiva en la figura presidencial.

Si bien el proceso de las políticas públicas no genera una mejor toma de decisiones por sí mismo, sí permite revisar desde diferentes perspectivas un asunto de la agenda pública y crear compromisos de los actores involucrados en la política pública, ya sea en el diseño, la implementación o en los impactos que busca tener.

Las políticas públicas, como nueva tendencia de hacer política, implican erradicar el centralismo en la toma de decisiones así como la marginación de los diversos actores, incluidos los medios de comunicación. Se trata de un proceso de inclusión, por tanto democrático, que si bien resulta más lento en su evolución y ejecución, resulta más eficiente para la construcción efectiva del futuro.

Así también, es en los municipios y en las delegaciones del Distrito Federal donde resulta más adecuado poner en práctica formas de gobierno por políticas públicas, en lugar de sólo ejercer programas de gobierno o bien esperar a que sea el gobierno estatal o el federal quien se ocupe de atender las demandas ciudadanas.

Resulta más eficiente que el desarrollo de las políticas públicas se realice en la esfera municipal pues se ajusta mejor a las condiciones de la localidad. En caso de que se dé un buen desempeño a nivel municipal, la política puede ampliarse al nivel estatal o federal y a un menor costo de implementación. Aún en el caso de que las políticas no funcionen, un “ensayo” a nivel nacional siempre resultará más costoso.

Por tanto, debe morir la forma tradicional de gobernar, pero en especial en los gobiernos locales. La forma en que se conduce el actual gobierno federal brinda una mejor oportunidad para los municipios y las delegaciones, pero pocos han sido quienes se han atrevido a innovar. Por el contrario, varios estados y municipios han sido seducidos por los programas de gobierno de falso relumbrón, encaminados al interés particular y muy pocas veces a la generación de bienes públicos.

Del lado de la sociedad, urge un cambio en la manera de evaluar a sus gobiernos, pues en lugar de revisar con exigencia la calidad y trascendencia de los bienes públicos generados, se ocupa más de analizar otros rasgos que tienen que ver con la personalidad, los “dimes y diretes”, el carisma y otros elementos que poco o nada tienen que ver con la capacidad de construir el bien común.

Tal parece entonces que lo que está haciendo falta son cambios en “todos” los mexicanos: actores sociales, económicos y políticos del país. Quizás una propaganda del tipo “MUERTE O CAMBIO” hubiera sido muy criticada y poco útil dado el tratamiento cultural que le damos a la muerte, pero sin duda el reto está en incentivar el cambio en las personas para asumir nuevas forma de gobernar y ser gobernados. En mi opinión es tiempo de tomar con decisión la senda de las políticas públicas.


El autor es Maestro en Administración Pública y Política Pública por el Tecnológico de Monterrey, Ciudad de México. Comentarios:
asimancas@desarrolloysociedad.org

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