Tuesday, November 15, 2005

Gaceta Jurídica del Ciudadano

Robo de famélico

Por Javier Oroz Coppel.

Con gran repulsión observó la nación cómo después de que una determinada región fue azotada por un huracán, hordas de pillos y gente hambrienta, entremezclados, arrasaron con todos los comercios y establecimientos, robando de todo lo que a su paso había.

Este fenómeno, más allá de la relevancia sociológica que pudiere representar al desaparecer la intervención inmediata de la autoridad y mostrar el imperante y anárquico caos, tiene una repercusión de índole jurídico que bien vale la pena analizar. Como bien inferimos, la ley penal sanciona todas aquellas conductas en las que el Estado tiene interés en salvaguardar o tutelar un determinado derecho, como por ejemplo: la vida, la salud, la libertad y por supuesto la propiedad. Así las cosas, la ley penal dice en forma genérica que comete el delito de robo el que se apodera de una cosa ajena mueble, sin consentimiento de la persona que puede disponer de ella con arreglo a la ley, por lo que determinará una especifica sanción en cárcel para aquel que sea declarado culpable de dicho delito. No obstante lo anterior, la misma legislación establece que no se sancionará al que se apodere, sin violencia, de los objetos estrictamente indispensables para satisfacer sus necesidades personales o familiares del momento, siempre que justifique que no le es imputable su estado de necesidad. El antecedente histórico de esta excluyente de responsabilidad lo podemos remontar hasta el Derecho Canónico, corazón y doctrina latente de toda nuestra legislación penal. Por yuxtapuesto que esto parezca, Iglesia-Ley Penal van de la mano.

Así las cosas, en la zona de desastre cuando imperaba el caos y las autoridades se vieron rebasadas por el huracán de robos (nivel 5) que azotaba sin cesar a los comercios, estábamos viendo cómo a la par se perpetraban robos con y sin pena de cárcel, es decir robos ilícitos y lícitos. Por un lado, bandas improvisadas de hurtadores apoderándose de bienes ajenos sin el consentimiento de sus agraviados propietarios y por el otro, grupos de naturales que ante el hambre y la necesidad, se apoderaban de comida y medicinas para satisfacer las necesidades propias o familiares que los aquejaban en forma inmediata.

Ahora, el trabajo que le resta a los diversos agentes del Ministerio Público y a los Jueces Penales es colosal, ya que deberán de determinar en el debido marco de sus competencias, cuándo sí se estaba ante el referido excluyente de responsabilidad o, lo que es más, ante un robo de famélico o de indigente. Por su parte, los abogados defensores tendrán todavía un trabajo más arduo ya que en los anales de la jurisprudencia encontramos la dificultad extrema de que un Juez tenga por acreditado este tipo de excluyente.

Del lado de los huracanados culpables podemos citar una tesis de jurisprudencia en donde a unos acusados de robo de ganado no pudieron comprobarles en juicio que se apoderaron de lo estrictamente indispensable para la satisfacción de sus necesidades personales o familiares del momento, porque hubiera sido bastante la apropiación de la becerra que robaron para llenar esas finalidades. Además, también se llevaron una vaca, por lo que el Juzgador consideró que los acusados presentan, sin duda, un grado de inclinación hacia lo ajeno.

Por el lado de los huracanados inocentes, se presentó una ejecutoria derivada de un caso en donde un acusado de robo de un becerro confesó que se vio obligado a delinquir con motivo de su extrema indigencia y de la necesidad de alimentarse y alimentar a su esposa y a sus hijos porque carecía de cualquier otro medio para cumplir esa imperiosa necesidad. Es importante resaltar que el acusado no tenía antecedentes penales y que por primera vez cometía el delito de robo, cuyo objeto reitero, lo dedicó a alimentar a su mujer y a sus hijos que tenían hambre. Además no se apoderó del becerro robado por medio del engaño o de la violencia, ya que lo sustrajo de un agostadero. En esas condiciones y estimándose que se vio obligado a delinquir por no tener otro recurso ni oportunidad de cubrir con su trabajo las necesidades de él y de su familia, se le absolvió del delito de robo, por haberlo cometido en estado de extrema indigencia y ante la necesidad de que subsistiera su familia.

Con todo esto, vemos que un desastre natural de inmensas proporciones vino a traer a colación la desnudez de nuestra condición humana, trayendo consigo conductas radicales como el robo y el de famélico. Ambos serán motivo de una averiguación previa y de un proceso penal, en donde confiamos que las fórmulas para determinar la plena responsabilidad penal y las excluyentes de responsabilidad funcionen en forma tal que se administre una justicia perfecta, libre de nuevos huracanes, ya sean meteorológicos o jurídicos.


Javier Oroz Coppel, es abogado por la Universidad La Salle Noroeste. Comentarios: javieroroz@gmail.com

1 comment:

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