Tuesday, November 15, 2005

El Día en que la Democracia Murió

Por René Alberto Ramos.


“Más grande que el paso de ejércitos poderosos, es
una idea a la cual su tiempo ha llegado”
-Victor Hugo-


Cuando hablo de democracia me refiero al ideal; a aquél objetivo final que es como la zanahoria que persigue la tortuga pero que nunca alcanza porque mientras camina, la zanahoria nunca deja de estar lejos.

Me pregunto si en unos 200 años a partir de hoy, el mundo pensará que estábamos completamente locos por creer que algún día llegaríamos a concretar el ideal de la democracia. Me pongo a pensar que sería una vergüenza tremenda para nosotros y nuestros contemporáneos que en aquél día, se refieran a nuestro sistema de gobierno como nosotros ahora nos referimos al absolutismo. Es decir, que las ciencias políticas se hayan desarrollado al tal grado que los ideales que sustentan la democracia sean un conjunto de ideas absurdas como hoy pensamos acerca de los monarcas cuyo poder provenía del derecho divino. Esto es, la democracia como un ideal que es difícil de alcanzar con los medios que hoy nos ofrecen las instituciones con las que contamos. En las palabras de William Ricker, politólogo de la Universidad de Rochester, “si el método no puede realizar al ideal, entonces no importa qué sublime el ideal pueda ser, la noción de democracia permanece sin sentido”.

La democracia que conocemos hoy como “la democracia plurigarca”, porque es una democracia que debiera existir a grande escala, y no en pequeñas ciudades-estado donde la democracia era directa, tal como la democracia ateniense de la edad antigua, requiere un número de instituciones cuya complejidad permita estar a la par de la evolución misma de la sociedad a través del tiempo. En específico, una democracia plurigarca requiere que sus oficiales sean electos en elecciones justas, libres y frecuentes; que haya libertad de expresión, fuentes diversas de información, autonomía para asociarse y una ciudadanía inclusiva.

Usted pensará que esto (democracia) no está lejos de nuestro alcance. El mecanismo sin embargo, que hace la democracia lo que es o debiera ser, es el voto. El voto es la única manera con la que un ciudadano puede representar sus preferencias acerca de las políticas que él o ella quisiera que se implementaran. Es en esta parte donde entran un sinnúmero de dificultades en interpretar la ortodoxia de la democracia. Para empezar, el mundo no se pone de acuerdo si el mecanismo de representación proporcional es mejor que el mayoritario. Si acaso, los candidatos federales deberían surgir de una votación de las masas como en el caso del sistema de separación de poderes, o de un grupo élite de regidores que supuestamente mejor conocen los intereses de una nación, como es el caso del sistema parlamentario.

Todas estas incertidumbres surgen como resultado de la imposibilidad que la democracia preserva implícita en su naturaleza propia. Me refiero a que según Robert Dahl, importante politólogo de Yale, las instituciones básicas de la democracia asumen que el elector posee suficiente conocimiento del por qué asigna su voto a algún candidato y que efectivamente acude a las urnas a elegirlo. Definitivamente el ciudadano promedio no le da seguimiento suficiente a qué políticas de qué candidato son las más adecuadas. Definitivamente el ciudadano promedio no posee el conocimiento general de las políticas y de su status quo como para dar un juicio entendido de su voto. Indudablemente, el ciudadano promedio tiene muchas otras cosas qué hacer durante su día que rastrear las políticas que se generan o se modifican en los poderes de la nación. Por si fuera poco, alcanzar un nivel de asistencia a votar durante el día de las elecciones de por lo menos el 50% de la ciudadanía es un gran mérito para el sistema electoral de muchos países.

Para corregir esta “pequeña” desviación en plausibilidad de la democracia, las élites conservan un papel importante en los países. Joseph Schumpeter decía que el modelo de la democracia es aquel arreglo institucional para llegar a decisiones políticas donde los individuos adquieren el poder para decidir a través de una lucha competitiva por el voto de la gente. Precisamente son las élites quienes tienen el mayor conocimiento de las cuestiones que atañen la vida política de un país. Son ellos quienes comparten la noción de las avenidas que una nación deba tomar para desarrollar a su mayor plenitud el bienestar de la gente. Citando las palabras de liberal americano Madison, “el conocimiento por siempre gobernará a la ignorancia”.

Entonces, la pregunta obligada es, ¿qué es realmente la democracia? La democracia es tan sólo un mecanismo donde las élites buscan convencer a su pueblo de que son elementos indispensables de la vida política de un país, cuando en realidad, las verdaderas decisiones son generadas por un reducido número de individuos que decide el futuro de una nación. Es entonces donde surge la crucial importancia de que los grupos élite de un país reconozcan la responsabilidad que tienen frente a una nación y que se sujeten a los más altos estándares morales para hacer políticas donde los beneficios sean uniformes y los costos no sean acarreados por unos cuantos.

Si bien la democracia no es entonces el sistema de gobierno más óptimo, se cree sin embargo, que es el que trae mayores beneficios a una sociedad. Se argumenta esto porque para bien o para mal, las élites sólo pueden obtener la aprobación de su gente si en intercambio de su confianza, éstos les aseguran libertad, igualdad y participación en la vida social del país. El gran giro a esta discusión acontece cuando nos preguntamos entonces ¿qué es mejor que la democracia y por lo tanto unos pasos “más cerca de la zanahoria”?

Las instituciones y estructuras cívicas tuvieron que evolucionar de tal manera que la democracia directa de hace alrededor de 2500 años pudiera implementarse en un país moderno bajo la forma de una democracia plurigarca. Pero este dinamismo no culmina aquí, es decir, las instituciones y estructuras cívicas siguen su marcha y buscan ajustar los defectos de la democracia en un nuevo orden político que ofrezca una mayor y mejor participación cívica del ciudadano.

Así cuando la noción de la República fue dispersada por Napoleón durante las guerras europeas de principios del siglo XIX y puso a temblar las monarquías de la época, nos pone a pensar ¿cuál será aquella idea cuya sublimidad habrá de hacer temblar a las naciones que hoy defienden a uña y diente la democracia, como es el caso de los Estados Unidos? En ese día en que la democracia muera y dé lugar a un nuevo sistema político, se propiciará sin lugar a dudas una nueva ola ideológica que le dará un gran impulso al grado de civilización que hoy tenemos. Deberá ser un sistema político donde se minimicen las decisiones deliberadas de las élites a favor de sus propios intereses y donde la educación relativa de las clases no produzca ventajas de los individuos más educados sobre aquellos que tuvieron menor acceso a la educación. En aquél día, habrá un mecanismo de voto perfeccionado que mejor incorpore los deseos de la población en las políticas públicas y que disperse los costos y beneficios que éstas generen de una manera más uniforme en la sociedad.


René A. Ramos es Licenciado en Economía egresado del Tecnológico de Monterrey. Comentarios:
renecaesar@yahoo.com


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