Tuesday, August 02, 2005

La Corrupción como práctica y comportamiento no ético. Caso particular: México

Por Katya Izquierdo.

El tema de la corrupción es un tópico de investigación sumamente difícil de abordar. Resulta evidente la complicación para la recopilación de
datos fiables y sistemáticos, acerca de actividades ilegales, producto de la corrupción. Mucho de lo que sabemos de la corrupción se nos ha transmitido por medio de: escándalos publicitados por los medios de comunicación, la experiencia personal y, de inferencias derivadas de opiniones ajenas combinadas con las propias. Por consiguiente, el tema de la corrupción podría ser igualmente abordado, a partir de sus implicaciones fenomenológicas.

Habiendo señalado lo anterior, quisiera ahora comenzar citando algunas connotaciones y definiciones que le han adjudicado a la palabra “corrupción”, las cuales me parecieron bastante pertinentes para el modo en cómo ésta se desarrolla y opera en México. En primera instancia, y remontándome a Aristóteles, éste la refirió a un funcionario público que acepta un soborno, de forma secreta, con el fin de tomar una decisión sobre un asunto político que, de no mediar el soborno, se tomaría en otro sentido.[1] Siguiendo esta misma línea aristotélica, Carl Friedrich sostiene que sus consecuencias derivan del propio significado de la palabra, las cuales consisten en:

“la desviación de un comportamiento, asociada con una motivación personal”, la corrupción existe “[…] siempre que alguien que detenta un poder y que es responsable de realizar cierto tipo de cosas, es decir, un funcionario con cargo de responsabilidad o de poder, decide realizar una acción a favor de cualquiera que le ofrezca dinero u otro tipo de premio, como puede ser una mejoría de las condiciones de su trabajo en el futuro y, por lo tanto, compromete a la organización o al grupo al que pertenece el funcionario, más específicamente, al gobierno”
[2]

Dichas definiciones podrían bien completarse con el “toque de corrupción moral” del que nos habla Rousseau, ya que deviene de la corrupción política, la cual significa: cualquier comportamiento que “viola y mina las normas del sistema que garantiza el orden político, el cual parece indispensable para mantener la democracia política… todo uso ilegal y no ético de la autoridad del gobierno, con el fin de obtener ganancias políticas o personales”,
[3] aspecto que claramente vemos que lleva a la decadencia institucional.

Asimismo, Werner en el artículo “Nuevas Direcciones en el Estudio de la Corrupción Administrativa”, señala que la conceptualización del fenómeno de la corrupción ha evolucionado con el tiempo. En un principio, la corrupción se consideraba como una disfunción funcional que se explicaba por la modernización y el desarrollo, así como parte funcional del desarrollo político y económico. Sin embargo, se autodestruiría en el momento en que la sociedad alcanzara la suficiente madurez política y económica.[4] Pero claramente hemos podido constatar que el desarrollo político y económico no le han puesto fin a la corrupción.

Por su parte, Peters and Welch, clasifican la corrupción en función de consideraciones legales, del interés público y de la opinión pública (puede producir corrupción blanca, gris o negra).[5] Bajo su esquema de pensamiento, la corrupción será limitada si el servidor público (receptor) actúa como un ciudadano; el favor es parte de las actividades rutinarias del servidor público, y lo que el servidor ganará para sí a futuro, será apoyo o sustento.[6]

Ahora bien, Dobel define la corrupción como un factor cultural con respecto a actitudes de lealtad, moralidad y usurpación del bien público. En este sentido, toma en cuenta si el bien que se persigue es para la nación, para la compañía, o para fines particulares. Entonces, ofrecer mordidas a cambio de ganar un contrato que beneficiará a los trabajadores de una empresa, no está considerado como un acto de corrupción.[7]

A lo anterior, hay que añadirle el hecho de que la Sociología Política comparativa aún tiene que alcanzar acuerdos unánimes en cuanto a la definición del concepto "corrupción". Sin embargo, aquel trazado por Gibbons (1993) me parece también, bastante aplicable al caso mexicano. Gibbons identifica como corrupto: “todo comportamiento que, de convertirse en conocimiento público, conduciría a un escándalo”. Esta definición tiene en cuenta las actitudes, e implica que un acto puede ser corrupto en diversas situaciones, más no siempre y necesariamente en las mismas. Lo que significa que el comportamiento corrupto, relacionado con lo escandaloso, se puede considerar normal en un país, más no en todos.

“[…] el escándalo es el estado final de la etiqueta, el estado en el cual el público acepta que se aplicara la etiqueta”[8] en donde “[…] tiene que haber alguien que obtenga beneficios políticos y/o económicos con la exclamación de escándalo”[9]. Sin embargo, la tipología de Heidenheimer y la del escándalo descuidan una esfera donde la corrupción es mentalizada y programada; me refiero a la esfera de lo privado (aspecto sobre el que no hay acuerdo). Bajo este esquema, la corrupción es, en síntesis, una transacción clandestina[10], salvo allí donde por ser ya sistemática, disfruta de un status casi oficial, de un acuerdo no escrito pero conocido y aceptado por todos. En este sentido, el caso mexicano encaja perfectamente.

Siguiendo esta misma línea le encontramos cabida también, al ejemplo del caso Watergate (en el escenario internacional) y/o al actual y tan sonado caso del desafuero de AMLO (para aterrizarnos un poco más en el escenario mexicano), en cuanto a que la creación de intrigas y complots, usados a modo de instrumentos o mecanismos para dar lugar a la deslegitimación y/o desprestigio de alguna persona o grupo de personas (grupo de trabajo), pueden dar lugar y soporte a la práctica de la corrupción. Al contrastar ambos ejemplos, lo que podemos notar, es que no están tan alejados el uno del otro. Esto, en el sentido de que ambos se prestan a una propia y clara interpretación de una de las tantas fuentes que dan origen a la práctica de la corrupción en los países.

En general, la corrupción tiene que ver, como bien lo señalan los especialistas en Ciencias Sociales, con los deberes de los funcionarios públicos, el suministro e intercambio, la demanda, y el interés público. Esto lo menciono, a modo de soporte y argumentación a las definiciones presentadas anteriormente, ya que a mi juicio, van de la mano. Sin embargo, debo decir que a mi gusto, una muy buena, amplia y completa definición la presenta Joseph Nye, al decir que la corrupción es:

“el comportamiento de un funcionario público que se desvía de los deberes formales propios de su cargo, debido a una ganancia privada que puede estar relacionada con un mejoramiento del estatus, con bienes pecuniarios o personales (familiares o de círculos muy allegados); o que viola normas que proscriben el ejercicio de cierto tipo de influencias de carácter privado. Esta definición incluye comportamientos tales como el soborno (utilizado como recompensa para pervertir el juicio de una persona ubicada en una posición de confianza); nepotismos (concesión de cargos en función de relaciones de tipo clientelar, más que por méritos); apropiación fraudulenta de recursos públicos (apropiación ilegal de recursos públicos para fines privados)” [11]

Nye abarca lo que Etzioni denomina corrupción legalizada, que ciertamente es una de las tantas variables que caracterizan a la corrupción en nuestro país. Gerald Caiden
[12] va más allá, y ofrece una larga lista de lo que podrían considerarse actos de corrupción:

· la traición, la subversión, transacciones ilegales en el extranjero y contrabando
· cleptocracia, privatización de los fondos públicos, robo y hurto
· malversación, falsificación y desfalcos, cuentas abultadas, sustracción y mal uso de fondos
· abuso de poder, intimidación, tortura, indulto y perdón no merecidos
· engaño y fraude, aseveración falsa, trampas y estafas, y chantaje
· perversión de la justicia, comportamiento criminal, falsas pruebas, detención ilícita y acusación fraudulenta
· incumplimiento de los deberes, deserción, parasitismo
· soborno y malversación, extorsión, imposiciones ilegales, comisión ilícita
· manipulación de las elecciones, arreglo fraudulento de votos, demarcación arbitraria de los distritos electorales
· mal uso de conocimiento interno e información confidencial, y falsificación de registros
· venta no autorizada de oficinas, bienes y licencias públicas
· manipulación de las regulaciones, compras y suministros, contratos y préstamos
· evasión de impuestos; acaparamiento abusivo, compadrazgo y encubrimiento
· abuso de influencias, intermediación de favores, conflicto de interés
· aceptación de obsequios inapropiados, honorarios, dinero por agilización de gestiones y viajes con fondos públicos
· nexos con el crimen organizado y operaciones en el mercado negro
· vigilancia ilegal, mal uso de telecomunicaciones y el correo

Ahora bien, en cuanto a la percepción de la corrupción en México, vemos que los autores anteriormente citados no se equivocan al decir que la corrupción, independientemente de la censura moral, está condicionada culturalmente. Este punto se refiere a que somos todavía, una cultura ampliamente considerada y autoproclamada como conservadora. Un caso particularmente interesante a considerar en México (como en Estados Unidos también), tiene que ver con el que un funcionario que acepta “propinas”, no necesariamente es corrupto, lo cual nos puede resultar contradictorio por más que sea totalmente cierto en la mayoría de los casos, ya que se ha vuelto una práctica muy común, casi institucionalizada, en el país.

Existe una relación inversa entre el nivel de corrupción y el nivel de desarrollo de un país, i.e., a menor desarrollo, mayor corrupción. Sin embargo, como ya se ha dicho antes, esta relación no es la única fuente de creación de la corrupción, ya que ésta deviene de diferentes fuentes y debido a muy diversas causas; muchas de tipo contextuales.

El tipo de corrupción mediada es claramente concebida en México, en el sentido de que los actos corruptos se encuentran mediados por procesos políticos, lo que supone revertir el proceso democrático. La ganancia que se recibe es política y no ilegítima. “La búsqueda de contribuciones para la campaña política y la provisión de servicios para ejercer influencia sobre las personas que contribuyen a la campaña son características necesarias de un sistema de competencia política sano”.[13] ¿Será? Estoy de acuerdo en que lo justo es competir en un sistema político sano, más no en que buscar recursos fuera del tope de campaña y fuera de la ley lo sea igualmente, como vemos que lo han hecho en varias ocasiones dos de nuestros grandes partidos.

El servicio que se debe hacer tras haber recibido un pago/ayuda hacia alguna campaña política (el habitual pago por servicio) es parte importante de la cadena interminable de la corrupción. En general., me atrevo a afirmar que en la medida en que se contribuya al deterioro del proceso democrático, se puede hablar de corrupción. Por ello, es importante determinar tanto el tipo como la calidad de procesos democráticos que deseamos impulsar y seguir en este México de la “transición”. Ciertamente, la política está infestada de “quid pro quo: si usted vota por mi legislatura, yo le apoyo, si usted me apoya con fondos para mi campaña, yo se los endosaré para las siguientes elecciones, etc.”.[14]

En términos generales, vemos que en México y en el mundo sí aplica la idea de que la corrupción es “[…] como una especie de enfermedad del cuerpo político; una inversión de la virtud cívica hacia intereses privados. Puede afectar a la ciudadanos de manera individual y a sus gobiernos, pero sólo puede ser completamente entendida desde la perspectiva de la sociedad como un todo.”[15] En México lo que tenemos, es una cadena viciosa y corrupta interminable, en lugar de una de carácter virtuoso, que debiera imperar en la cultura general del mexicano.

Hay que considerar el hecho de que no podemos hablar de corrupción sin hablar de los términos “reputación” y “confianza”. En este punto, dos casos dignos de mencionarse son el norteamericano y el italiano. Un funcionario público deja de respetar reglas determinadas debido a la intervención de un tercero: el corruptor.[16] “Los políticos y burócratas corruptos frecuentemente exhiben recursos que les son útiles para reafirmar a los corruptores su capacidad para influir sobre las decisiones públicas, su sinceridad en las ofertas y su riguroso cumplimiento de las promesas”.[17] Bajo una connotación simbólica, el soborno puede medir el poder o la importancia de la persona que lo recibe.

Lo que vemos en la práctica, es que siempre se busca corromper a aquellos funcionarios que detentan no solamente los recursos sino también el poder e la influencia en materia de toma de decisiones. Entre más confidencial sea la información, más valorada será en el mercado de la corrupción.

La corrupción no es exclusiva de México, sino que constituye un problema universal. Me atrevo a afirmar que casi la mayoría de los políticos han sido forzados por el sistema a actuar corruptamente. Aún si alguno de ellos hubiese comenzado su carrera con intenciones honestas (corrupción generalizada), el problema es ya tan fuerte en México, que el mismo sistema cultural te obliga a adherirte al juego. La frase de “mejor yo que otra persona” es una práctica común en nuestro país. Esto, no deja de lado el hecho de que ciertamente los mexicanos nos concientizamos, cada vez más, del fuerte problema de corrupción que tenemos. Por ello, es que siempre estamos en una constante búsqueda de nuevos mecanismos para atacarla, ya que afecta directamente a nuestros ingresos.

Finalmente, quisiera apuntar que tenemos que considerar una exhaustiva revisión al sistema. Nuestra “Nueva Democracia” es aún institucionalmente débil, por lo que resulta necesario que las instituciones de nuestro país se rediseñen desde la perspectiva del ejercicio democrático. La corrupción es un problema tanto cultural como político. Reduciendo los beneficios u aumentando los costos en materia de corrupción, lograríamos llegar a lo que Dobel propone cuando señala que: “[…] solamente cuando la gran mayoría de los ciudadanos acepten espontáneamente cumplir con la ley, aún cuando le desagrade, podrá ser la ley el instrumento para alcanzar las reformas y dar dirección a una comunidad”.


La autora es Licenciada en Ciencia Política por el Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México, y Maestra en Estudios Internacionales por la EGAP en coordinación con la Universidad de Georgetown. Comentarios: moonaime@hotmail.com


[1] Heidenheimer, Arnold J., Michael Johnston y Victor T. LeVine, “Términos, conceptos y definiciones: una introducción”, Revista Zona Abierta, 98/99 (2002), Pp. 27.
[2] Ibid; 28.
[3] Ibid; 33.
[4] Bruce, Simcha B. Werner. “New Directions in the Study of Administrative Corruption”. Pp. 191-208.
[5] La corrupción blanca se emplea para referirse a prácticas que no son reconocidas como corruptas ni por la opinión pública ni por las minorías. La corrupción está tan completamente integrada en una cultura que ya ni siquiera se percibe el problema. En esta visión culturalista, lo que aquí es corrupción no lo es en otro sitio. La corrupción negra tiene el mismo consenso, pero al revés: todos, minorías y ciudadanos, están de acuerdo en estigmatizar ciertas prácticas. El desacuerdo aparece en la opción gris, i.e., lo que unos definen como corrupción, otros no lo consideran como tal. Es en este desajuste donde hay riesgo de que aparezca el escándalo, en el choque entre las percepciones de unos y las prácticas de otros, como ha ocurrido por ejemplo en el asunto del financiamiento de los partidos políticos. La opinión pública se ha conmovido por las prácticas poco ortodoxas de los partidos, mientras éstos últimos tratan de justificarse invocando la necesidad de una vida democrática.
[6] Un claro ejemplo de ello es el tan famoso “clientelismo”
[7] corrupción por un fin noble
[8] Sherman, 1989; 895
[9] Blankenburg, 1989; 916
[10] Claeys y Frognier, 1995
[11] Ibid; 37.
[12] Cooper, Gerald E. Caiden.1997. “Dealing with Administrative Corruption”. Pp. 8

[13] Thompson, Dennis F., “La corrupción mediada: el caso de los cinco senadores de Keating”, Revista Zona Abierta, 98/99 (2002), Pp. 51.
[14] Ibid; 65.
[15] Ibid; 79.
[16] Della Porta, Donatella y Alberto Vannucci, “Los recursos de la corrupción: algunas reflexiones sobre el caso italiano”, Revista Zona Abierta, 98/99 (2002), Pp. 88.
[17] Ibid; 105.

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